El pasado 27 de marzo se han cumplido tres años de aquella imagen en la plaza de San Pedro de un Papa Francisco solo, bajo la lluvia y realizando un extraordinario “Urbi et orbi”. Y es entonces que se recuerda todo lo vivido y superado como él lo dijo entonces: “en una misma barca”.

Releer su oración es una forma de recordar, también en esta Cuaresma, que la paz y la fraternidad son los requisitos fundamentales para vivir como buenos centinelas, atentos a las injusticias del mundo y al grito de los pobres.

Por Redacción/El Observador

Desde hace unas semanas todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas”, decía entonces Francisco, cuando la pandemia del covid-19 empezaba a hacer sus estragos en Asia y Europa. Lamentablemente todo siguió en oscuridad. Poco a poco el círculo de los contagios se fue cerrando hasta alcanzar a todos los continentes. La oscuridad se hizo más densa para algunos, para aquellos que se encontraban en la soledad de una cama de hospital, lejos de su familia, familia a la nunca más volvieron a ver.

Pero con la ayuda de los médicos, enfermeras y todos aquellos que se encontraban en la primera línea, muchos de los enfermos graves pudieron salir adelante. También la bondad y la solidaridad de aquellos vecinos y familiares que ofrecieron su tiempo para hacer que los enfermos que se encontraban en casa se sintieran acompañados de alguna forma, demostrando lo que el Papa afirmó en su oración: nadie puede salvarse solo.

“Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio (Mc 4,35), nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: ‘perecemos’ (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos”.

Alarmados y desesperados por una pandemia

Así como los discípulos, durante estos tres años la humanidad se sentía alarmada y desesperada con los datos duros y fríos que día a día se publicaban y que pusieron aprueba la fe; pero dice Francisco: “Él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre —es la única vez en el Evangelio que Jesús aparece durmiendo—. Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono de reproche: ‘¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?’”.

El Papa Jesuita resalta en este mensaje que a Jesús le importamos, que “a Él le importamos más que a nadie. De hecho, una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados”.

Vulnerabilidad al descubierto

También, al igual que a los discípulos, el 2020 sorprendió al mundo con una tempestad que desenmascaró “nuestra vulnerabilidad y dejó al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad. La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas ‘salvadoras’, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad”.

Con la tempestad, agregó, “se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos”.

Momentos de prueba, momentos de elección

Como hace tres años, en esta Cuaresma resuena el llamado del que habla el Papa jesuita: “Convertíos, volved a mí de todo corazón» (Jl 2,12). Nos llama a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección. “No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás. Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo”.

Que todos seamos uno

Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (Jn 17,21). “Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras”.

Reafirmar la fe

El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. “No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere”.

“El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar. El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor”.

Después de tres años las tinieblas son menos densas. Quienes perdieron a alguien han abrazado esa Cruz, han aceptado la voluntad del Señor que no los deja solos y, juntos, hemos entendido la importancia de contar los unos con los otros en los momentos de prueba.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 26 de marzo de 2023 No. 1446

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