Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.

San Juan Pablo II, con ocasión de la canonización de Santa Faustina Kowalska el 30 de abril del año 2000, instituyó el II Domingo de Pascua, como domingo de ‘la Divina Misericordia’.

El mismo san Juan Pablo II, por beneplácito divino, murió después de las primeras Vísperas de la Liturgia de las Horas que son ya parte del II Domingo y, por tanto, de esta Festividad.

Toda la semana que se llama la ‘Octava de Pascua’; se celebra como un único día ‘en el que actúo el Señor’.

Vincular el pasaje evangélico de san Juan (20, 19-31) del encuentro de Jesús resucitado con el incrédulo Tomás, es verdaderamente admirable y conmovedor.

Unos discípulos que están encerrados porque tienen miedo a pesar de haber contemplado al Señor que murió y ha resucitado; eso le dicen a Tomás; pero él se desvincula de la comunidad. Simplemente no cree tal fantasía. Se vuelve retador: ‘hasta que no vea y toque la herida del costado y sus manos horadadas, no creeré.

Se trata de encontrarse con Jesús, el Dios roto por nuestros pecados y herido en virtud de su Divina Misericordia.

Jesús, cuyas heridas recibidas en el tiempo, perduran en la eternidad, para siempre; están presentes en el ‘hoy de Tomás’ y están presentes en nuestro ‘ahora’, ante tanta oscuridad y violencia, ante los regímenes dictatoriales que subsisten dañando la integridad de las personas por el pensamiento único, unidireccional y esclavizante; ante la pobreza económica y la miseria moral; ante el poder de las tinieblas, está el poder de su Misericordia. En su Misericordia ser revela el ser de Dios, el poder de su Verdad y el poder de su Amor.

La Divina Misericordia de Jesús, Dios herido, deja pasar sus rayos luminosos desde su Corazón traspasado, para iluminarnos y transformarnos en seres luminosos de Misericordia, que dejemos traspasar su ‘luminosidad’ en nuestro corazón, pensamiento, actitudes y acciones. Los rayos luminosos nos recuerdan el bautismo; hemos sido sumergidos en sus llagas luminosas, para poseer una nueva vida; recibimos la santa Eucaristía que es él mismo, inmolado y resucitado, en el misterio de Presencia transformadora: nos convierte en él mismo.

Jesús resucitado nos da de ese modo su Paz, no como la da el mundo de equilibrio de fuerzas; es la Paz que ofrece a sus ‘amigos’ (cf Jn 14, 27); la Paz que es la presencia del Amor misericordiosos de Dios.

Jesús Resucitado les ofrece además en el Cenáculo, el ´Soplo del Espíritu Santo, Espíritu que crea y recrea la nueva creatura por el Perdón: ‘Reciban al Espíritu Santo. A quienes les perdonan los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar’. Así la Iglesia a través de los ministros ordenados, por el Espíritu Santo, continúa la misión de la Divina Misericordia, también por el sacramento de la Penitencia o del Perdón. ¡Qué maravilla llevar el anuncio de la Misericordia y del Perdón de Dios en Cristo Jesús!

Jesús herido, el Dios roto, por su Divina Misericordia, le muestra sus llagas gloriosas a Tomás a quien lo invita a no ser incrédulo, sino creyente. La respuesta de Tomás profundamente sincera y solemne ‘Señor mío y Dios mío’; el encuentro con Jesús el Crucificado que ha vuelto a la vida glorioso, sana escepticismos y suscita la confianza.

Nuestro camino por la vida está lleno de vacilaciones y dudas; nuestra sensibilidad interior y contemplativa nos tiene que llevar a percibir en las llagas de Jesús, sobre todo la de su Costado y Corazón el Misterio de su Presencia.

Al final, la realidad de todo es el Amor y el Amor misericordioso.

En el gozo de Cristo resucitado, por sus santas llagas gloriosas, seamos sanados de nuestras incredulidades y volvamos a la Comunión plena con la Iglesia, la Familia de Jesús. En él confiamos; en él nos sumergimos en su misericordia. Sus heridas están abiertas para adentrarnos en el Misterio de su presencia y de su Misericordia.

Nuestro encuentro con Jesús de la Divina Misericordia, nos lleva a decir de corazón: ‘en ti confío, Señor mío y Dios mío.

 

Imagen de Jackson David en Pixabay


 

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