Por Raúl Espinoza Aguilera

A menudo las personas ante las enfermedades se desconciertan y suelen preguntarse: ¿Por qué a mí me tocó esta dolencia y no al vecino de enfrente? Y caen en un estado depresivo, porque no encuentran un sentido que les dé una respuesta que les satisfaga.

Sin duda, es arduo comprender lo que no se puede negar porque en efecto “el dolor duele” en expresión de C.S. Lewis, y en ocasiones mucho. Porque en el paso por esta vida no faltan los tragos amargos, las duras pruebas, y porque todos hemos experimentado situaciones difíciles y desagradables.

Algunos enfermos caen en el alcoholismo, otros en la drogadicción y, cuando una enfermedad es incurable, degenerativa, irreversible y progresiva, no faltan quienes acuden a la puerta falsa del suicidio. Pero desde luego, todo lo enunciado nunca ha sido una solución.

La respuesta se encuentra en una visión trascendente de la existencia humana. El Dr. Francis Collins, junto con un equipo de investigadores, recibió el encargo del Presidente de los Estados Unidos, William Clinton, de realizar un mapa del ADN en el cuerpo humano. El Dr. Francis era ateo y no aceptaba más lo que se demostraba mediante las Matemáticas, la Física, la Química, la Biología y otras ciencias exactas, pero a medida que este célebre investigador se adentraba en el ADN, el ácido ribonucleico y el origen de las proteínas se quedó sumamente admirado y concluyó que “¡Necesariamente debe de haber un Gran Ordenador, una Inteligencia Superior por todo este asombroso microcosmos que observo!” porque humanamente no tiene explicación.

En resumen, le entregó los resultados del ADN del cuerpo humano al Presidente Clinton. Semanas después, el Primer Mandatario le entregó un reconocimiento a él y a todo su equipo de científicos comentando que era un paso histórico muy importante el que el Dr. Collins había logrado.

Sin embargo, este afamado médico continuaba con su inquietud interna a raíz de sus descubrimientos. Cierto día, atendiendo pacientes en un reconocido hospital se encontró con una anciana mujer en fase terminal debido a un cáncer que padecía.

Se vio en la necesidad de comunicarle a aquella mujer que le quedaba muy poco tiempo de vida, quizá horas. Para su sorpresa observó que la ancianita, en vez de llorar desesperadamente, se llenó de paz y de gozo.

Entonces el Dr. Francis Collins se acercó de nuevo a ella y le dijo:

-“¿Sí me ha entendido bien? Quizá no fui suficientemente explícito, señora.

Y la ancianita le respondió:

-“Por supuesto, Doctor, que he comprendido muy bien lo que me acaba de comunicar.”

Y continuó:

-“¿Y sabe de dónde procede mi alegría? En la ilusión que me hace el hecho de que muy pronto estaré en brazos de mi Padre Dios que me espera con gran cariño. Es un momento que he esperado mucho y he anhelado durante toda mi vida.”

Esa respuesta tuvo el efecto de un detonador en el Dr. Collins. Tomó una silla, se acercó a su cama y le preguntó:

-“¿Usted tiene una religión y cree en Dios?”

-“-Por supuesto, Doctor, y soy practicante. Le recomiendo acercarse a la religión para estar muy cerca de Dios Nuestro Señor. De Él proviene esta gran paz que ahora tengo en el alma.

Al día siguiente el Dr. Collins acudió a la parroquia más cercana y le pidió al sacerdote que lo preparara para hacer una buena confesión y, luego, recibir al Señor en la Eucaristía.

Posteriormente, escribió un interesante libro sobre su conversión, titulado: “El Lenguaje de Dios” que tanto bien ha hecho a quienes lo han leído, particularmente a los científicos y profesionales. Es increíble, pero a partir de su conversación con la anciana señora su vida cambió radicalmente.

Actualmente se dedica a explicar en grandes auditorios de muchas ciudades en diversos países cómo se combinan ciencia y fe y nunca se contraponen porque proceden de un mismo Creador. Guardan un equilibrio maravilloso y perfecto.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 21 de mayo de 2023 No. 1454

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