Bueno, en realidad el Espíritu Santo no es una paloma.

Primero hay que tomar en cuenta esto que nos revela Jesucristo en el Evangelio: “Dios es Espíritu” (Juan 4, 24).

Y a la vez, con ser un único Dios, en Él hay tres Personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y de las tres Personas solamente el Hijo se encarnó, es decir, unió su ser espiritual a una carne, o sea a un cuerpo humano, formándose en el seno de su Madre Santísima la Virgen María. Así que Jesús, el Hijo, es verdadero Dios y verdadero Hombre.

En cambio, ni el Padre ni el Espíritu Santo se han encarnado, o sea que son puro Espíritu y, por tanto, invisibles. Sin embargo, para que podamos entender mejor su presencia y acción entre nosotros, se han querido revelar bajo ciertas figuras o símbolos.

Por ejemplo, Dios Padre se manifestó al profeta Daniel como “un anciano de muchos días” (Daniel 7, 9), o sea con aspecto de un hombre mayor, y esto para dar a entender su eternidad; mas no significa que Dios Padre sea un ser de carne y hueso ni que esté envejecido.

Y lo mismo pasa con el Espíritu Santo: sabemos por la Biblia que se ha manifestado “como una paloma” (Mateo 3, 16), es decir, como una figura alada; pero también como un “ruido de viento impetuoso” (Hechos 2, 2) y como “lenguas de fuego” (Hechos 2, 3).

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 4 de septiembre de 2022 No. 1417

 


 

Por favor, síguenos y comparte: