Por Carlos Zapata – Desde la fe

Dos sacerdotes vivieron en carne propia la violencia en carreteras de México. Amedrentados con disparos, varios delincuentes intentaron despojarlos de sus pertenencias. Así lo cuenta uno de ellos:

“Escuché dos disparos, después otro más; luego, fueron cuatro”. Así describió un triste episodio ocurrido durante la noche del pasado jueves 3 de agosto el sacerdote Cristian Iván Castañeda Silva, quien condenó la mezcla de “impunidad y miedo” que hoy se vive en distintos puntos de la geografía nacional.

Al narrar el suceso, confirmó a Desde la fe que conducía su vehículo desde Zacatecas hacia la Ciudad de México, con el objetivo de llegar a la residencia sacerdotal donde está previsto que transcurran sus próximos años de estudio.

El padre Cristian no iba solo, lo acompañaba, en otro auto, un amigo sacerdote, con quien de vez en cuando platicaba por teléfono para compartir sus impresiones del viaje.

Fue en torno a las 8:30 de la noche de ese día, cuando ambos sufrieron un hecho lamentable en la autopista Querétaro-México,

Detalla el padre Cristian Iván Castañeda Silva:

“En un tramo de la autopista, el padre Juan golpeó una piedra grande que estaba en el pavimento. Era tan grande que tuvo que orillarse para revisar. A unos cien metros de distancia había otros dos vehículos dañados por la misma roca”.

Disparos contra los sacerdotes

Cuando vio que el padre Juan detuvo la marcha, el padre Cristian también estacionó su auto, dejando las luces intermitentes prendidas, y caminó hacia el carro de su compañero para auxiliarlo. Cuenta:

“En cuestión de segundos, un hombre salió entre la maleza gritando improperios y ordendando que nos tiráramos al suelo mientras sacaba un arma de fuego. Lo vi de frente. Detrás de él, otro sujeto con un arma disparó dos veces al aire. Al escuchar los tiros, mis piernas se desbloquearon. Corrí como pude, sin pensar, alcancé a subir a mi vehículo”.}

Cuanta el padre Cristian, que para entonces su compañero sacerdote estaba en el suelo, sujetado ya por un delincuente.

Escuché otro disparo antes de poder acelerar. El primer sujeto intentó entrar a mi coche. Con la pistola rompió el cristal del copiloto, pero logré avanzar con rapidez. Dos rocas grandes, lanzadas por delincuentes, golpearon mi parabrisas. Buscaban detenerme a como diera lugar”.

Llamaron a Emergencias 911

Mientras aceleraba, el padre Cristian marcó, como pudo, al 911.

“Tenía vidrios incrustados en los brazos y un dolor muy fuerte en el costado derecho. Me detuve a unos metros de donde estaban los otros dos vehículos dañados, ¡necesitábamos ayuda!”.

En el servicio de emergencia del 911 le hacían al sacerdote una serie preguntas que -dice- pareciera que no sirvieron de nada. En efecto, “fuimos atacados mientras desde el 911 seguían preguntándome cosas que no sabía responder”.

El padre Cristian afirma que sintió una mezcla de “miedo e impotencia”, pues tras dar la voz de alerta no había “ni un solo policía, ni una sola de esas patrullas blancas que se han dedicado a detener camiones o carros a exceso de velocidad, ¡nadie!”.

Pero el drama aún no terminaba:

“Éramos sólo nosotros, desprotegidos, en una autopista muy transitada, pero al mismo tiempo tan vacía de interés, de solidaridad y de empatía”.

El sacerdote se detuvo para pedir auxilio a los tripulantes de los otros dos vehículos que se encontraban adelante afectados por la roca. Entonces logró ver que el padre Juan también avanzaba detrás de él.

“Mi costado estaba sangrando”

Ya aparentemente a salvo, el padre Juan avanzó y se puso frente a mí; me preguntó si estaba bien, le dije que sí. Todo me dolía, mi costado seguía sangrando, Pero ¡otra vez disparos! Cuatro sujetos armados salieron unos 50 metros atrás para robar a las dos familias que estaban ahí. Tuvimos que huir, pero mi llamada seguía activa. ‘¡Están disparando!’, les dije. Avanzamos en busca de ayuda”.

Fue al encontrar una gasolinera cuando los sacerdotes se pudieron detener y sentirse a salvo.

En mi costado había fragmentos de bala que habían rozado mi piel. Estábamos temblando. El padre Juan estaba ileso, gracias a Dios, pero despojado de todas sus pertenencias”.

El dramático episodio llegaba a su fin, con el sabor amargo de saber que, a pesar del asalto y la llamada, “nadie acudía”.

Una promesa incumplida

Todo concluyó con un número de reporte y una promesa: “Enviaremos a alguien”. Sin embargo, “nadie llegó”, salvo una patrulla de la Guardia Nacional, pero quienes iban a bordo “no sabían nada”.

Con más de 32 mil homicidios al año, cada hora son asesinadas cuatro personas en el país, de acuerdo con las cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI). De ese penoso registro de muerte, 7 de cada 10 ocurren por disparos de armas de fuego.

Bajo ese panorama, resultan más vigente nunca las palabras del sacerdote Cristian, quien luego de lo ocurrido hizo una publicación en su perfil personal en Facebook.

En su emotiva descripción, condenó los “abrazos de muerte” que se traducen en “abrazos de impunidad, de injusticia y de profunda irracionalidad” en México.

Son abrazos, dijo, “que nos dejan sin aliento”, abrazos “que paralizan y destruyen”. En tal sentido, concluyó: “No se tú, pero ¡yo no quiero volver a recibir un abrazo así!”.

 

Publicado en Desde le fe


 

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