Por Rebeca Reynaud

Todas las religiones tienen un Credo, una moral y una liturgia. Cualquier relación humana posee esos tres elementos. El noviazgo tiene un Credo, es decir, creo que esa persona es la adecuada para llevarme bien y para formar una familia. Hasta el noviazgo más abierto comporta una moral. Su liturgia sería el modo de tratarse.

Una religión me enseña para qué vine a este mundo y qué me hace feliz. La respuesta es el esfuerzo del hombre para relacionarse con la divinidad. El judaísmo y el cristianismo no son fruto de ese esfuerzo del hombre para resolver cómo ser feliz, ya sabemos que Dios nos buscó primero y nos amó primero. Si amamos a Dios es porque Él nos amó primero (1 Juan 4, 19).

En el noviazgo las reglas las ponen entre los dos. En el cristianismo la fe, la moral y la liturgia las marca Dios. Si acepto, creo que Jesús es Dios y Hombre verdadero. Si no tengo esto claro es difícil tener una relación de amistad con Dios. Es cristiano el que escucha su llamada y la sigue, el que se encuentra con Cristo a través de la Palabra, la liturgia y la oración. La esencia del cristianismo es Jesús de Nazaret.

¿Qué es la oración? La oración es el medio privilegiado e indispensable para acceder a una auténtica vida cristiana, para conocer y amar a Dios, y estar en condiciones de responder a la llamada a la santidad que Él dirige a cada uno. La oración es un medio en el que te encuentras con Jesús. La oración es ponerse en presencia de Dios durante un tiempo más o menos largo, con el deseo de entrar en una íntima comunión de amor con Él, en medio de la soledad y el silencio interior y exterior. Si mi voluntad y mis afectos no quieren entrar en comunión con Dios, no hago oración. Yo voy a la oración como soy, con mi manera de ser. Todos deseamos que nos quieran como somos, y así es como nos quiere Dios, y eso –precisamente eso- es lo que Dios quiere que experimentemos.

Dios se da libre y gratuitamente al hombre, aunque se requiere cierta iniciativa y actividad del hombre. Pero antes hay que tener el corazón puro, lo que se logra con una confesión contrita de nuestros pecados en el sacramento de la reconciliación. “Por la oración podemos discernir cuál es la voluntad de Dios” (Rom 12,2; CEC, n. 2826),

El camino de la oración es único y personal. Cada uno tiene una manera particular de relacionarse con Dios. A cada uno Dios le da luces particulares, pero hay que saber escuchar haciendo silencio interior a través del recogimiento de los sentidos. Fomentar el silencio interior es empezar a abrir la puerta del alma y apagar lo que nos distrae, quizás el celular o móvil.

Lo normal es vivir una continuidad monótona. Cada día dedicar unos momentos a la oración, y Dios actúa, aunque no nos demos cuenta. Como la oración es un don de Dios, hay que pedirlo y, a la vez, darle tiempo –darle espacio- para que Él haga lo que quiera. Con la perseverancia manifestamos el deseo de encontrarnos con Dios.

Joseph Ratzinger enseña que en la oración debemos ser capaces de llevar ante Dios nuestros cansancios, el sufrimiento y el compromiso de seguirlo. Confiarle el peso interior y exterior que llevamos en el corazón. Jesús se abandona en manos de Dios, incluso cuando Dios parece ausente. La oración de Jesús en el sufrimiento es un grito de confianza extrema y total en Dios.

Debemos luchar por tener sencillez y humildad, virtudes amadas por el Señor. Orar no es hacer, es dejarnos amar por Dios. Si estamos frente a la naturaleza, podemos fomentar el asombro ante la grandeza de Dios, ante la belleza de los amaneceres y las nubes de cada día. Es importante dejarnos sorprender, “pues de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor” (Sabiduría 13, 5).

Dios nos habla, y muchas veces nos habla a través de una lectura o a través de nosotros mismos. Conociéndote sabes qué espera Dios de ti. Conociendo a Jesús sacamos puntos de lucha para nosotros o para otros. Conociéndolo sé lo que quiero. Jacques Philippe dice que hay que “aprender a orar para aprender a amar”, y amar es lo más importante de la vida: amar a Dios, amar a los demás, amar la ecología, la propia vocación y la familia.

El protagonista de la oración no soy yo, el importante es Dios, y nuestras cosas son importantes porque le importan a Él. La oración también es reflexión. La gente no sabe pensar. A veces le pregunta uno a un amigo: ¿Por qué hiciste eso? Y contesta: Porque no lo pensé.

 

Imagen de Irene Chacón Rojas en Cathopic


 

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