Por P. Fernando Pascual

En ocasiones uno puede pensar que lo imposible sea posible, o que lo posible sea imposible.

Así, ocurre que pensamos que sería imposible que hoy lloviese, y la tarde nos sorprende con una fuerte tormenta.

O declaramos posible que esta dieta me ayudará a bajar (o subir) de peso, cuando tal dieta resulta imposible (e inadecuada) para ese objetivo.

Por eso ya Platón y Aristóteles subrayaron la importancia de aprender a distinguir entre lo posible y lo imposible.

En efecto: no somos capaces de tomar buenas decisiones cuando optamos por algo que suponemos falsamente como posible, cuando en realidad está fuera de nuestro alcance; o cuando pensamos que sería imposible algo que perfectamente podríamos obtener con un esfuerzo bien orientado.

En la vida ética, por lo tanto, un momento clave consiste en identificar todo lo bueno que podemos llevar a cabo, para luego escoger lo que permita realizarlo, en esa búsqueda continua por lograr mejoras para nosotros mismos y para otros.

Al mismo tiempo, es necesario no invertir tiempo ni energías en lo imposible, aunque en ocasiones algo se nos presente como un espejismo seductor que atrae pero que está totalmente fuera de nuestro alcance.

La vida es un tesoro maravilloso que se desarrolla en el tiempo que tenemos a nuestra disposición. Un tiempo que no deberíamos invertir en sueños imposibles, cuando lo único importante consiste en identificar tantas opciones buenas que enriquecen la existencia.

Serán esas opciones posibles las que encaucen lo mejor de nuestras energías interiores y de nuestras acciones concretas, desde esa decisión firme y serena que nos lleve a poner en marcha solamente proyectos realistas, orientados a lo bueno, lo noble y lo justo.

 
Imagen de Mo Metalartist en Pixabay


 

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