Por P. Fernando Pascual

Frente a los inmensos dolores de tantas personas nos faltan palabras para consolar.

¿Qué podemos decir, por ejemplo, a padres que han perdido a su hijo, o al esposo o a la esposa que han perdido a su cónyuge? Las palabras siempre quedan en las puertas de los corazones.

Quisiéramos entonces simplemente estar cerca de quien sufre, ofrecerle nuestra compañía.

Parece muy poco ante tantos dolores que nos superan, pero puede ser mucho si se hace con cariño sincero y perseverante.

Lo importante es ayudar al que lo necesita respetando sus tiempos, pues cada uno recorre un camino muy personal cuando se trata de afrontar los diversos dolores de la vida.

Desde luego, hay ocasiones en las que podemos hacer algo más, y conviene mostrarnos disponibles para que la persona que sufre sepa que cuenta con nosotros.

Y siempre podremos rezar a Dios, para que consuele los corazones y para que encienda la esperanza en la vida eterna.

Nuestra oración se convertirá en un apoyo sincero, desde la certeza de que tenemos un Dios que es Padre; un Padre que ha unido el dolor de cada ser humano al dolor de su propio Hijo en el Calvario.

Gracias al dolor de Cristo crucificado, cada ser humano puede ser rescatado y descubrir que, más allá del sufrimiento y de la muerte, se nos ofrece el gran regalo de la vida eterna.

 

Imagen de Angel en Cathopic


 

Por favor, síguenos y comparte: