Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.
Las palabras de Jesús poseen siempre una vigencia en nuestro diario acontecer, como esta parábola del Padre Misericordioso (cf Lc 15, 1-3.11-32), que revela al mismo Dios Padre, abismo de misericordia.
Muchos hoy se quieren ver libres de la presencia amorosa de Dios. Se pretende ser libre absolutamente, sin ningún tipo de vínculos. Se pretende llenar el vacío interior que tiene dimensión de infinito, con el poder, el placer, las drogas y la sed insaciable de maldad de los narcoasesinos; naciones enfrentadas por la guerra, gobernantes narcisistas hábidos de aplauso y falsarios, radical y perversamente insolidarios.
Otros los que se sienten correctos. Exigentes, de corazón insensible. Quienes juzgan y descalifican al hermano y se sienten bien solo con los amigos de la misma línea; el getto de los ‘buenos’, que ni tienen pizca de amor compasivo y misericordioso.
Jesús nos descubre el misterio del corazón de Dios, cuya esencia es la misericordia, y nos descubre el misterio miserable del hombre. Abismo con abismo. Abismo del amor, ante el abismo de nuestra miserable nada.
Dios Padre, rico en misericordia, no nos pide explicaciones; nos abraza como hijos, porque siempre nos ha amado con amor de Padre; tiene ‘rahamin’, es decir entrañas de madre, nos protege de la deshonra y de la vergüenza.
A los correctos, les tiene paciencia también; a los amantes de la ortodoxia los invita a descubrir la alegría del amor y de la misericordia, porque Dios mismo en su misterio, es ‘comunión’ y eso mismo quiere para todos los humanos, ‘fratelli tuti’,- todos hermanos, del Papa Francisco. No es sano exigir derechos y denigrar a los hermanos.
Dios es el Padre amoroso y paciente. Nos ama a todos.
Jesús con su palabra y con su vida, nos enseña a amar para vivir así. No se pueden seguir los proyectos de vida del dilapidador que llega al fracaso ni del correcto cumplidor de mandamientos y vacío de amor.
No se pueden seguir los caminos equivocados.
Solo con el Padre que revela Jesús, podemos comprender el alcance del misterio de la vida sumergida en Dios.
Asumir el estilo de Jesús, no es obstáculo para la libertad y la vida verdaderamente bella; él mismo nos indica el camino, él es Camino a seguir.
El Padre misericordioso nos ama infinitamente en Jesús, su Hijo amado y nuestro Redentor.
Ciertamente cometemos errores, pero él permanece fiel a su amor.
La Eucaristía, Jesús mismo sacramento vivo y palpitante de amor, se da la realización del proyecto del Padre: ser uno en Jesús y por Jesús, ser uno con el Padre y el Espíritu Santo.
Las actitudes egoístas y condenatorias contradicen el testimonio de Jesús. En Jesús tenemos acceso a ese abismo de misericordia, que es el Padre.