Por P. Fernando Pascual
Dios es Dios. No depende de nadie, aunque toda la Creación está unido a Él. No “cambia” su Voluntad, aunque “responde” a la historia con ayudas (que llamamos gracias) sorprendentes.
El hombre es hombre. Libre, abierto al bien y al mal. Capaz de egoísmo y de amor, de avaricia y de generosidad, de pecado y de conversión.
Dios nos deja ser hombres. Aceptó el riesgo de nuestra libertad, incluso a costa (es algo difícil de comprender) de que suframos o hagamos sufrir a otros.
A nosotros se nos pide que dejemos a Dios ser Dios. Parece un consejo absurdo, pues no podemos “controlar” a Dios, aunque, curiosamente, no faltan quienes protestan y buscan que Dios sea diferente de como es.
Dejar a Dios ser Dios significa reconocer su Señoría, aceptar su misteriosa Libertad llena de amor, acoger su misericordia cuando a veces nos parece que va “contra” la justicia.
Dios, que es Dios y que ama, nos hizo por amor y nos busca por amor. Su insistencia nos sorprende, incluso nos confunde. ¿No le hemos provocado tantas veces a la ira? ¿Por qué responde con paciencia y misericordia?
Un texto antiguo, atribuido a san Agustín, muestra la sorpresa ante el modo de ser de Dios: “si no fueses Dios, serías injusto, porque hemos pecado gravemente… y Tú Te has aplacado. Nosotros Te provocamos a la ira, y Tú en cambio nos conduces a la misericordia” (PL 40,1150).
Ese Dios, que no es injusto porque es Dios, es también misericordia. Se nos pide, simplemente, que lo aceptemos, que le dejemos ser lo que es.
Entonces, con inmensa alegría, descubriremos que su Amor vence el mal, perdona el pecado, rescata al caído, y nos conduce, suavemente, al arrepentimiento y a la conversión que salvan.
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