Por el cardenal Felipe Arizmendi Esquivel

HECHOS

Seguimos preocupados por la salud del Papa Francisco. No es para menos. Es el sucesor del apóstol Pedro, a quien Jesús confió presidir su Iglesia, con toda autoridad, pero no como un gobernante que se impone arbitrariamente, sino como máximo servidor de los servidores de Dios. Es servidor de la Palabra de Dios y de la Iglesia, no su dueño.

Muchísimas personas, también líderes políticos y religiosos, han expresado su solidaridad con él. Sin embargo, no faltan personas sin fe cristiana que lo ven sólo como jefe de una organización religiosa. Alguien dice que, gracias al Papa Francisco, se ha acercado a Dios, pero no a la Iglesia. Nos siguen achacando fallas de siglos pasados, que son inocultables, y con ello no se acercan a disfrutar la vida divina que mana de los sacramentos; o se escudan en nuestras deficiencias actuales, que son ciertas, quizá para no enmendar su vida.

Conocí a este Papa en Aparecida, Brasil, durante la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, en mayo de 2007. Compartimos durante tres semanas, aunque sin mayor trato personal. Lo escuché en sus intervenciones y él escuchó mis planteamientos sobre la pastoral indígena. Al poco tiempo, fui invitado a dar unas conferencias sobre ese tema a los obispos argentinos en pleno, siendo el presidente de esa Conferencia Episcopal.

Cuando fue elegido Papa en marzo de 2013, al poco tiempo nos encontramos en la Visita Ad limina de los obispos mexicanos y en audiencias personales posteriores para dialogar sobre asuntos de la diócesis de San Cristóbal de Las Casas. Lo traté más de cerca con ocasión de su visita a esa diócesis, el 15 de febrero de 2016. Hemos conversado en otros momentos.

Podría resaltar muchos de sus aportes a la Iglesia y al mundo, pero me reduzco a esto. Me gusta y me anima cuando insiste en que nos debe guiar la pasión por Cristo, apasionarnos por Jesús, pero no en una dimensión espiritualista que nos aleje de la realidad, sino que seguir a Jesús nos ha de llevar indefectiblemente a la pasión por su pueblo; es decir, a desgastar nuestra vida en el servicio a la comunidad.

Une lo vertical con lo horizontal, la fe con la caridad y la esperanza, como lo hicieron también sus antecesores, pues no está inventando la Iglesia. Algunos le achacan que atiende mucho los asuntos de la ecología, de la justicia con los pobres, de la relación con otras religiones, como si con ello descuidara lo fundamental, la evangelización, los sacramentos, la oración, etc. No lo conocen. Habrían de leer sus documentos y valorar sus detalles personales, para ver su ministerio como un regalo de Dios.

ILUMINACIÓN

Sobre la identidad y misión del Papa, dice el Catecismo de la Iglesia Católica:

Cristo, al instituir a los Doce, “formó una especie de Colegio o grupo estable y eligiendo de entre ellos a Pedro lo puso al frente de él” (LG 19). “Así como, por disposición del Señor, San Pedro y los demás Apóstoles forman un único Colegio apostólico, por análogas razones están unidos entre sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los obispos, sucesores de los Apóstoles “(LG 22; Cf. CIC, can 330).

Los obispos y cardenales servimos a la misión de la Iglesia en el mundo, junto con el Papa y en comunión con él; nunca independientes. Hay diócesis autóctonas, encarnadas en realidades particulares, sobre todo en lugares de misión, pero no autónomas. Junto con todos los bautizados, nos esforzamos en colaborar para que se haga presente el Reino de Dios, impulsando la verdad y la vida, la santidad y la gracia, la justicia, el amor y la paz. No somos una organización de poder, sino de servicio a la humanidad.

ACCIONES

Sigamos orando por la salud del Papa. Profundicemos nuestra fe en la misión que Jesús le encomendó, y compartamos esta visión a los que podamos, dispuestos a acatar la voluntad de Dios para su Iglesia.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 23 de marzo de 2025 No. 1550

 


 

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