Por Arturo Zárate Ruiz
Conviene recordar que, al disfrazarse, el diablo no se atavía feo, sino muy hermoso. De no presentarse atractivo —digamos, más bien apestoso y cochino— no podría tentarnos. Por tanto, procura hasta lucir divino.
De hecho, porque Dios es Amor, la careta preferida del Maligno es el amor mismo, pero uno muy falso, el mero erotismo, sin más. Y no es que la atracción sexual no sea buena. De hecho, es un don del Altísimo para los esposos. El problema es que «obras son amores, y no buenas razones», o, para precisarlo, no sólo sentimientos bonitos. Éstos podrían ausentarse sin demeritar el amor. Uno ama cuando sirve al prójimo, aunque en el momento no sólo uno no esté enamorado, sino más bien enojado. Porque uno debe servir al amado, uno se aguanta el enfado, y uno se esfuerza inclusive en sonreír. El engaño del diablo es sólo alborotar las maripositas en el estómago y hacernos flotar soñados, pero sin el compromiso de servir, o, aún con ese compromiso, el no cumplirlo. No son raros quienes se esfuman tras el aviso de «allí viene la cigüeña». Así, «¡ay!, ¡cómo late mi corazón al verte!, por lo cual sin duda te amo mucho» no es sino una mentira que te hace creer el diablo si no sirves a tu amado. Es como en la mejor película. Aunque los protagonistas se miren y luzcan acaramelados, acuérdate de que es pura actuación y aun maquillaje. En fin, el amor no tiene por qué manifestarse siempre con besitos. No pocas veces éste consiste en una nalgada oportuna al hijo que se porta muy mal.
Dios es la Verdad misma. Por tanto, el diablo no se nos aparece como una burda mentira, sino vestido de “verdad”, por ejemplo, de “hecho científico”. Y no es que la ciencia sea mala. De ningún modo. El problema es que se reduzca la verdad a un “hecho científico”. Por ejemplo, algunos psicólogos reducen el “alma” a comportamiento eléctrico en las neuronas, y niegan el espíritu. Por ejemplo, algunos sociólogos reducen la moral a algo tan relativo como lo usos y costumbres de distintos pueblos. Si una tribu aprueba y celebra el canibalismo y los sacrificios humanos, no tiene nadie que suponer que es un comportamiento deshonesto, pues se practica así según sus “valores”. Estos “científicos” no aceptan, por tanto, verdades a las que cualquier persona puede acceder por razonamiento filosófico, por ejemplo, la dignidad humana y la existencia de Dios. No hablemos de que jamás les pasará por la cabeza la validez de la Revelación cristiana. Únicamente admiten hechos materiales. Así lo quiere el diablo cuando se disfraza de “verdad”.
Dios —por Él lo sabemos— es la Vida. Y nos la ofrece en abundancia. Por el pecado de Adán y nuestros propios pecados no la disfrutamos todavía con plenitud. He allí enfermedades, achaques, para no hablar de fracasos que nos entristecen. El diablo entonces se aprovecha para de nuevo engañarnos. Nos hace creer que la vida sólo consiste en los placeres del momento, y en gozarlos sin freno, sean éstos impudicia, borracheras o drogas. «Carpe Diem», repite a punto de hechizo. Todo lo demás, «no vale nada». Por ello, sugiere deshacernos de quienes nos estorban en los deleites ilícitos, sea con el divorcio, y aun el aborto y otros asesinatos. Nos sugiere deshacernos inclusive de nosotros mismos si no nos sentimos con la plenitud previa: «¡Suicídate!», nos dice. No nos olvidemos que es el promotor de la muerte.
Dudo, sin embargo, que el diablo se disfrace de Camino. Él más bien es vendedor del «no te esfuerces». Así, mejor no trabajar, sino robar; mejor no enamorar y casarse con una buena mujer, sino pagarle por noche a la mala; mejor no estudiar ciencias, sino engañarte y engañar al que se deje con astrología y otras supercherías; mejor olvidarse de la familia, y así “aprovechar” el aguinaldo con los “amigos” en una parranda; mejor no ir a Misa, sino quedarse reposando y dormitando en los almohadones.
El diablo es enemigo de que camines, de que te esfuerces. Él prefiere que te quedes tullido no sólo espiritualmente, sino aun físicamente, para el resto de tus días, si con ello le haces compañía en su crujir y rechinar de dientes, luego, en el Infierno.
Imagen de Loris Pampolini en Pixabay