Por P. Fernando Pascual
Los medios de comunicación y la gente en general suelen tener un juicio positivo sobre los así llamados “expertos”.
Tal juicio se construye sobre diversos presupuestos. Uno, bastante aceptable: existen personas que conocen ciertos argumentos mejor que otras personas.
Otro presupuesto es menos aceptable: suponer que quienes aparecen como expertos lo sean realmente respecto del tema sobre el que hablan.
En ocasiones, se produce un curioso cortocircuito en la actitud de la gente ante lo que digan los expertos. Ese cortocircuito ocurre cuando se descubre que un parecer de los expertos resulta falso o, al menos, corregible, con el pasar del tiempo.
El cortocircuito se explica de esta manera: la afirmación X sería verdad porque la sostienen los expertos. Luego, cuando se muestra que X no era verdad, se responde: los expertos expusieron antes lo que la ciencia conocía sobre un tema concreto, pero ahora la ciencia, que de por sí es falible en muchos puntos, ha corregido el error.
De esta manera, mientras se acepta lo que “ahora” dicen los expertos como verdadero, se reconocerá más tarde que no era tan “verdadero” porque la ciencia es, es muchos ámbitos, falible y perfeccionable.
Entonces, la confianza en lo que digan los expertos muestra una fragilidad intrínseca, y debería estar acompañada de una sana prudencia, por un motivo muy sencillo: lo que hoy es presentado como verdadero mañana puede quedar corregido o incluso refutado.
A pesar de que una y otra vez los pareceres de los expertos, vistos al inicio como válidos y verdaderos, hoy son considerados como imprecisos o falsos, la gente mantiene viva su confianza en los expertos.
Incluso algunos les aplauden por su honestidad, cuando reconocen hoy que ayer estaban equivocados. En realidad, esa honestidad puede ser, en ocasiones, muestra de incompetencia, o de “trampas” orientadas a ocultar lo verdadero para promover tesis o intereses basados en lo falso.
Reconocer este cortocircuito debería llevar a los expertos a ofrecer sus ideas con más cautela; a los medios de comunicación que los promueven, a ser más prudentes; y a la gente, a no aceptar acríticamente lo que hoy digan los expertos.
Cambiar las actitudes ante los expertos hará posible que se difundan menos errores, que lo dudoso sea presentado como dudoso, y que aumente una sana confianza en lo que digan quienes, con honestidad, admitan en público que lo que ahora proponen mañana puede quedar corregido o, en ocasiones, completamente refutado…