Por P. Fernando Pascual

Los demás influyen sobre nuestras vidas de diversas maneras: por lo que hacen, por lo que dicen, incluso por lo que nosotros suponemos sobre ellos.

Entre los influjos de los demás hay uno interesante y problemático, que surge desde lo que suponemos que los otros piensan sobre nosotros mismos.

Este influjo se construye desde datos más o menos objetivos, cuando los demás de modo evidente y “público” nos juzgan positiva o negativamente.

Pero también se construye de un modo poco objetivo, cuando suponemos que otros piensan que somos generosos, o que somos egoístas, o simplemente porque pensamos que tienen una fría indiferencia hacia nuestras vidas.

El influjo de los demás puede ser más o menos fuerte, más o menos profundo, más o menos benéfico.

Hay ocasiones en que ese influjo nos estimula hacia el bien. Sentirnos apreciados por una persona honesta nos anima a vivir en la verdad y la justicia.

Otras veces ese influjo nos perjudica, o incluso nos lleva hacia el mal. Por ejemplo, cuando pensamos que otro nos ha “condenado” a nunca mejorar, porque suponemos que piensa que no tenemos remedio.

No siempre resulta fácil evitar errores a la hora de identificar lo que los demás piensan sobre nosotros. Tampoco es fácil estar atentos para que las valoraciones de otros sobre nuestro corazón no nos dañen, ni creando un optimismo infundado, ni promoviendo un derrotismo desarmante.

La vida es mucho más grande respecto de lo que los demás piensen sobre nosotros. Nuestro corazón está abierto a horizontes insospechados de bien, aunque también experimentamos amenazas y tentaciones que nos ponen ante opciones dañinas.

El único juicio ajeno que puede ayudarnos a orientar bien los pensamientos y las acciones es el juicio de Dios. Y sabemos que ese juicio, que provoca un influjo benéfico, se construye desde un amor inmenso que nos creó, que es fiel, y que continuamente nos invita a dar pasos hacia la conversión y la esperanza…

 

Imagen de Naassom Azevedo en Pixabay


 

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