Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.

El anhelo de salvación parece connatural a todo ser humano, de cualquier época y lugar. Se han vivido contextos históricos en los cuales se han violado los derechos humanos; se ha pisoteado la dignidad de la persona humana por las guerras, las privaciones de las libertades y distintos tipos de sometimientos, como en nuestro mundo contemporáneo.

Ese sentimiento de fragilidad que aparece en la propia vulnerabilidad humana ante las catástrofes y las enfermedades.

Todo esto conlleva una reacción inexorable: el deseo vehemente de salvación; de una salvación integral, que implique a toda la persona humana, como espíritu encarnado, en todas sus dimensiones.

En la vertiente histórica podemos ubicar el Adviento, con un antes, un ahora y un después.

Antes, previo a la primera venida histórica del Señor: todo el Antiguo Testamento, privilegiando los mensajes de los profetas: venida que se espera y se anuncia, venida del Salvador. Ahora, el Señor ya está presente entre nosotros, en la Comunidad-Iglesia, por su Palabra y sus sacramentos; es el Emanuel, -El  in manú, Dios con nosotros. Y después: su venida escatológica, su parusía, su segunda venida con gran poder y majestad.

Son tres aspectos del Aviento de siempre, que son permanentes, para valorar en profundidad el encuentro con el Señor, que vino, que viene y habrá de venir.

La actitud de este Adviento de siempre, es la actitud básica de la vigilancia, como centinelas del Absoluto, revestidos siempre con las armas de la luz, de Cristo nuestra luz, para no andar en tinieblas, lejos de las obras de las tinieblas, de los simpatizantes del mal.

En este tiempo litúrgico del Adviento, gustemos los textos proféticos plenos de riqueza poética; valoremos los fragmentos exhortativos y emotivos de las cartas de san Pablo, de san Pedro, de Santiago y de la Carta a los Hebreos. En el ciclo A, privilegiar las lecturas del Evangelio: primer domingo, el Evangelio de san Mateo, en el contexto escatológico; el segundo san Marcos, el arrepentimiento porque el Reino de Dios ya está cerca; el tercero, el Evangelio de san Mateo: san Juan Batista precursor inmediato del Salvador; en el cuarto, el Hijo eterno del Padre, es concebido por obra del Espíritu Santo, en el seno virginal de María Santísima.

En este primer domingo de Adviento, se nos invita a la ‘vigilancia’ como la actitud existencial del cristiano.

Hemos sido invitados por el Señor, mediante nuestro bautismo, confirmación y en su caso por el sacramento del orden, a ser colaboradores en la Historia de la Salvación en marcha al encuentro definitivo con el Señor de la Gloria.

No solo hemos de preocuparnos por las realidades del más acá, sino en su tensión escatológica, al más allá de la Historia.

Es inaudito instalarse en la vida presente; es necesario construir paso a paso nuestra existencia en comunión de amor con Dios y los hermanos, en la práctica efectiva de la oración y en la práctica efectiva de la caridad.

La vigilancia nos permite descubrir a Cristo el Señor, que se acerca a nosotros de diversas maneras: en el hermano que sufre, en el pobre, en el abandonado; pero antes, para poderlo descubrir, según la enseñanza de la Madre Santa Teresa de Calcuta, descubrir primero al pobre del sagrario.

La vigilancia, pletórica de esperanza, es la palabra clave de este tiempo de Aviento. No sabemos, ciertamente cuando vendrá el Señor (cf Mt 24, 42).

En la Navidad vino el Señor, nuestro Salvador, a nosotros y volverá al final de los tiempos, ya no en fragilidad, sino glorioso.

Es necesario prepararse con esperanza y alegría, para el encuentro con el Señor que viene continuamente, en acontecimientos de alegría, de dolor, en la salud y en la enfermedad.

El será para nosotros fuente de paz y fuente de amor.

Imagen de Pexels en Pixabay


 

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