Por P. Eduardo Hayen Cuarón
Algunos fieles católicos llevan a bendecir sus mascotas en ciertas parroquias que ofrecen la bendición de animales. La fiesta de san Antonio Abad el 17 de enero, y de san Francisco de Asís el 4 de octubre, son fechas propicias ya que ambos santos están relacionados con el amor a los animales.
En estos tiempos en los que muchas parejas jóvenes ya no quieren traer hijos al mundo y optan por tener mascotas, se puede generar una confusión entre el sacramento del Bautismo y la bendición de los animales. Algunos pueden pensar que al orar y poner agua bendita sobre un perro es equivalente a llevarlo a la pila bautismal. No faltan aquellos que se preguntan qué será de su mascota más allá de la muerte y solicitan a su parroquia un funeral de cuerpo presente para el «rocky» o la «canela».
La Iglesia ha establecido signos sagrados llamados «sacramentales», por medio de los cuales se obtienen efectos espirituales por intercesión de la Iglesia. Uno de sus propósitos es santificar las diversas circunstancias de la vida cotidiana. En sus libros litúrgicos, la Iglesia tiene un ritual para la bendición de animales ya que éstos comparten la vida con los hombres, les ayudan en sus trabajos, les proporcionan alimento y compañía. Nada impide que se invoque sobre ellos la bendición de Dios.
¿Qué efectos espirituales puede obtener un granjero al bendecir a sus borregos o una señora que bendice a su gata? Bendecir a un animal es disponer el corazón para la alabanza y gratitud a Dios creador. Así la persona se forma una mirada contemplativa de la vida y toma conciencia de su responsabilidad para custodiar la creación. Además el fiel adquiere conciencia de su propia dignidad, que es muchísimo mayor que la de los animales: sólo el hombre es hijo de Dios; el resto de la creación visible son criaturas del Señor. Hay una jerarquía en el orden del ser que hemos de reconocer y respetar. «No teman –dice Jesús–, porque valen más que muchos pájaros». (Lc 12,7).
A diferencia de los sacramentales, que sólo hacen obtener efectos espirituales para las personas, los sacramentos confieren la gracia santificante, la cual es una participación en la vida divina, y esto sólo es don y misterio que Dios concede a los seres humanos. Recordemos que la definición clásica de persona es: «sustancia individual de naturaleza racional». Podemos deducir que los animales son «sustancias vivientes dotadas de sensibilidad». Por ello no son personas, sus almas son únicamente sensitivas, no son espirituales ni tienen libertad. Ellos no fueron creados para buscar la Verdad, el Bien y la Belleza que es Dios.
Si Dios no participa su vida divina a los animales, celebrar un funeral católico a una mascota y despedirlo como si fuera una persona es, no solamente absurdo, sino un acto que rebaja nuestra dignidad de seres humanos ya que les damos un tratamiento que, por su naturaleza, no merecen. Podemos, ciertamente, enterrarlos o cremarlos dando gracias a Dios por el servicio y la compañía que nos brindaron, pero esto dista mucho de ser propiamente un funeral católico.
Un funeral católico es un acto litúrgico de la Iglesia, con rituales aprobados por las conferencias de obispos, para orar por los difuntos y acrecentar nuestra esperanza en la Resurrección del Señor. Es un acto de fe para encomendar al difunto a la misericordia de Dios, para consolar a los dolientes y recordar el Misterio Pascual de Cristo, es decir, su muerte y resurrección.
Es natural que una persona muy encariñada con su mascota recién muerta sufra por esa pérdida –yo mismo he vivido esa tristeza– y se haga preguntas sobre la vida futura de su animalito. ¿Resucitarán? ¿Habrá lugar para ellos en el Cielo? Por lo que hemos visto, los animales, por carecer de alma racional y de voluntad, no pueden participar en la visión beatífica de Dios como lo hará el hombre salvado. Se requiere, para ello, tener un alma inmortal, libertad para amar y la gracia santificante. Como no pueden pecar, tampoco para ellos habrá infierno ni purgatorio. Además la Iglesia enseña que el alma de los animales y de las plantas no subsiste con la muerte corporal.
Sin embargo el texto de Romanos 8, 22-39 abre una hermosa esperanza: si toda la creación está sujeta a la corrupción debida al pecado del hombre –cosa que también afecta a los animales– la creación entera gime anhelando la liberación de esa corrupción. El texto indica que toda la creación está llamada a participar de los cielos nuevos y la tierra nueva, gracias a la redención de Jesucristo. Lo esperanzador es que en esta «nueva tierra» podría haber animales, nuevos o recreados por Dios, en armonía perfecta, conviviendo el lobo con el cordero (Is 11,6). Pero esto es sólo una hipótesis teológica y no la enseñanza oficial de la Iglesia.
Si en esta tierra nos parecen admirables los seres creados por Dios –el mundo mineral, el vegetal y el animal– ¿cómo será la vida futura, la que el ojo no vio ni el oído oyó, y que está reservada para los que aman a Dios? (1Cor 2,9). Las bendiciones que Dios tiene reservadas para quienes le aman y obedecen, son realidades que superan cualquier comprensión humana. Nuestras mascotas de la tierra nos hagan anhelar las glorias y las maravillas del cielo.
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