Por Jaime Septién

Comienza 2026. Un año para cumplir el compromiso de ser mejores. Pero hay algo esencial que sería útil tenerlo en cuenta: ser mejores implica esfuerzo. Y los esfuerzos, a veces, tienen corta vida entre nosotros.

Quiero hacer la diferencia entre esperar y esperanza. Esperar significa poner fuera de nosotros lo que pueda o deba ocurrir. Es una actitud más bien pasiva. Que otro se haga cargo (que haya políticos más comprometidos, que los patrones tengan más dinero para pagarnos, que no haya impuestos a la vista). Mientras que la esperanza es activa. Para los creyentes, hacer todo lo posible para que la gracia de Dios actúe en nuestras vidas.

La distinción no es ociosa. “El que espera, desespera” reza el dicho popular. Así es. Esperar algo puede que nunca llegue (un empleo, un salario, un taxi). Al no llegar –o al llegar “a medias”– produce desesperación. La desesperación lleva al enfado, a la ira. Y la ira justifica acciones de las que después nos arrepentimos.

La esperanza que predico San Pablo “es la buena”: esperar contra toda esperanza significa trabajar para que lo que parece imposible sea posible. Eliminar el pesimismo, fuente de tantas desgracias. El “yo qué puedo hacer” o el “me da lo mismo”. Chesterton decía que el pesimista es una especie de terrorista universal. Hay que hacerlo a un lado de nosotros mismos. Hay que dejarlo atrás. Mucho se puede hacer si esperamos activamente, es decir, si buscamos que lo imposible nos vuelva más simpáticos.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 4 de enero de 2026 No. 1591

 


 

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