Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.
En un ambiente de conversión por el Bautismo que promueve san Juan, Jesús inicia su vida pública, al hacerse bautizar por el Bautista en el Jordán (cf Mt 3, 13-17), con esa postura de humildad y de solidaridad con los pecadores, sin tener él mismo pecado, sino como quien es entronizado en su misión mesiánica en una clara cristofanía teofánica trinitaria: los cielos abiertos por la voz del Padre que proclama a su Hijo amado en el cual tiene puestas sus complacencias, su Palabra y Acontecimiento de salvación que debe ser escuchada y ser dóciles a su impacto de nueva creación; la presencia de unción del Espíritu Santo, en forma de paloma, sobre el Hijo fiel a la voluntad de Padre, de realizar la salvación de la humanidad.
Después de su muerte y resurrección confiere esta misión mesiánica a sus Apóstoles por el don del Espíritu Santo, de ‘bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo’ (cf Mt 28, 19-20; Mx 6, 15-16).
Por su Pascua, es decir por su muerte y resurrección, Jesús integra a los seres humanos bautizados, en su propia vida y en su propio cuerpo que es la Iglesia, con quien vive esa alianza de comunión de amor, misión y de destino.
La sangre y el agua que brotan del costado traspasado de Jesús crucificado, como lo testifica san Juan en esta verdadera profesión de fe (cf Jn 19,34); la Iglesia ha contemplado los sacramentos del Bautismo y de la Eucaristía, sacramentos de nueva vida y de vida plena, que proceden del Sacratísimo Corazón de Jesús, fuente de la gracia, de su vida y de la comunicación del Espíritu Santo.
Desde Pentecostés, la Iglesia administra el Bautismo. San Pedro, invita con su predicación: ‘¡Que todos los israelitas sepan muy bien que Dios constituyó como Señor y Mesías a este Jesús que ustedes crucificaron! (…). Conviértanse, y que cada uno se bautice en el nombre de Jesús, el Mesías, para que se perdonen sus pecados, y así recibirán el Espíritu Santo…’ (Hech 2, 36…38).
Según san Pablo, por el Bautismo se participa en la muerte e Cristo; es sepultado y resucita con Él (cf Rm 6, 3-4). Por el Bautismo los bautizados se revisten de Cristo (cf Gál 3, 27). Por el Espíritu Santo, el Bautismo es un baño que purifica, santifica y justifica (cf ¡Cor 6, 11; 12, 13).
Este sacramento del Bautismo se llama también de la ‘iluminación’, porque el bautizado se convierte en ‘hijo de la luz’ (cf Ef 5,8).
El rito esencial el Bautismo consiste en sumergir en el agua al candidato o derramar agua sobre su cabeza mientras se invoca al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Por supuesto que el sacramento del Bautismo, para profundizar en su misterio, hay elementos significativos, como al inicio la Señal de la Cruz, la Proclamación de la Palabra de Dios, las unciones la del catecúmeno y después del agua, la unción con el santo crisma consagrado por el obispo; el ungido con el crisma, es Cristo-Mesías con Cristo-Mesías porque participa de la dimensión de Cristo-Mesías, Sacerdote, Profeta y Rey. Se le da la vestidura blanca, porque es revestido de Cristo como nueva creatura y se le da el cirio de la iluminación porque ha sido iluminado por Cristo. Como por el bautismo ya es hijo de Dios, en nombre de él y en el nuestro oramos con el Padre Nuestro, la oración que Jesús nos enseñó.
La Iglesia desde la era Apostólica, como consta en la expresión ‘se bautizaron todos los de su casa’, bautiza a los niños porque todos hemos nacido con el pecado original originado y heredado y necesitamos ser liberados del poder del maligno y el ser trasladados al reino de la libertad de los hijos de Dios.
Recordemos nuestro bautismo, vivamos nuestra condición de hijos de Dios, que Cristo y el Espíritu Santo moren dinámicamente en nuestro ser y existencia cristiana y eclesial.
Imagen de Jercy Rhea Senecio en Pixabay





