Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

Cuando Dios determinó destruir las ciudades de Sodoma y Gomorra y confiar esta sentencia condenatoria a Abraham, su amigo, éste lo interpeló de una manera casi violenta: “¿De modo que vas a destruir al inocente con el culpable? ¡Lejos de ti! El juez del mundo, ¿no hará justicia?” (Gen 18). El castigo se ejecutó porque, tras recuento meticuloso, no hubo en ellas un solo justo, y adujo el motivo “para que Abraham instruyera a sus hijos practicando la justicia y el derecho” (v. 19).

Esta instrucción en la justicia y el derecho se llevó a cabo entretejiendo vicisitudes alegres y amargas en el pueblo de Israel, y culminó en la alianza del Sinaí con Moisés con el memorable “Decálogo”. Este Decálogo contiene preceptos de ley natural y mandamientos divinos -Razón y Fe- y ha servido a la humanidad de guía religiosa y moral que le ha permitido subsistir hasta hoy.

Estos derechos, que ahora llamamos “humanos”, cuando suceden percances de mayor gravedad, se esgrimen con inmediatez y hasta con violencia para reclamar justicia. En estos casos, se suelen mezclar los auténticos derechos con ideologías o doctrinas contrapuestas, además de intereses políticos y económicos que, más que resolver el problema, lo suelen enturbiar y hasta multiplicar.

Fue así que después del conflicto de la Guerra Mundial se buscó en 1948 una promulgación elemental y consensuada para que sirviera de norma clarificadora y pacificadora de la conducta humana.

No obstante, la precisión buscada y la gravedad de la materia, el texto ha dado muestras de carencias y, algunas veces, ha generado más conflictos que los que buscaba solucionar. Esto produjo una floración tropical de derechos que hubo que clasificarlos y, consecuentemente, a crear la confusión que ahora estamos padeciendo.

Esto no es de extrañar cuando se toca un asunto tan singular y misterioso como es el hombre, es decir, la persona humana en todas sus dimensiones y manifestaciones. Con meridiana claridad y valentía el Papa Pablo VI lo advirtió y aquí lo cito para compartir su sabiduría con quien quiera escucharla. Dijo:

“Efectivamente, los derechos humanos permanecen todavía, con frecuencia, desconocidos, si no burlados, o su observancia es puramente formal. En muchos casos la legislación va atrasada con respecto a las situaciones reales. Siendo necesaria, es todavía insuficiente para establecer verdaderas relaciones de justicia e igualdad. Si más allá de las reglas jurídicas falta un sentido más profundo de servicio y de respeto al prójimo, incluso la igualdad ante la ley podrá servir de coartada a discriminaciones flagrantes, a explotaciones constantes, a un engaño efectivo. Sin una educación renovada de la solidaridad, la afirmación excesiva de la igualdad puede dar lugar a un individualismo donde cada cual reivindique sus derechos sin querer hacerse responsable del bien común” (OA 14 de mayo, 1971).

Aquí tenemos un análisis serio sobre por qué la confusión actual. Las causas que señala el Papa Pablo VI, nos reclaman a los católicos el “acercarnos a Dios para conocer al hombre y conocer al hombre para glorificar a Dios”, porque nuestro Dios se llama “Emmanuel”: Dios con Nosotros.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 25 de enero de 2026 No. 1594

 


 

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