Un Jubileo, dos Papas: balance, frutos y desafíos del Año de la Esperanza

Por Miriam Apolinar

“Cada Jubileo trae consigo algo extraordinario. Nuestro lenguaje siempre está lleno de fe y caridad; durante un año hemos tenido la alegría y la responsabilidad de reflexionar sobre el tema de la esperanza, y esto nos ha enriquecido, así como ocurrió en 2016 con la misericordia”. Con estas palabras, monseñor Rino Fisichella, delegado pontificio para el Año Santo, sintetiza el espíritu que ha marcado al Jubileo Ordinario 2025, un acontecimiento que ya ocupa un lugar singular en la historia reciente de la Iglesia: el primer Año Santo vivido bajo el pontificado de dos Papas.

Un Jubileo excepcional en la historia

El Jubileo de la Esperanza, convocado por el Papa Francisco mediante la bula Spes non confundit, inició oficialmente la noche del 24 de diciembre de 2024 con la apertura de la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro. Desde ese gesto ancestral —repetido desde hace más de seis siglos— la Iglesia abrió simbólicamente un tiempo de gracia que se extenderá hasta el 6 de enero de 2026, solemnidad de la Epifanía del Señor.

Este Año Santo bajo el lema “Peregrino de la Esperanza”, celebrado cada 25 años, no solo convocó a millones de peregrinos de los cinco continentes, sino que quedó marcado por una transición histórica: fue iniciado por el Papa Francisco y continuado, tras su fallecimiento, por su sucesor, el Papa León XIV. En la historia de los Jubileos, solo en dos ocasiones anteriores dos pontífices habían presidido un mismo Año Santo (Urbano VI y Bonifacio IX; Inocencio XII y Clemente XI). El Jubileo 2025 se suma ahora a esa breve lista.

Raíces históricas de un tiempo de gracia

El origen de los Jubileos se remonta al 20 de febrero de 1300, cuando el Papa Bonifacio VIII proclamó el primer Año Santo con la bula Antiquorum habet fida relatio. Desde entonces, la historia jubilar ha atravesado luces y sombras: años de profunda renovación espiritual, interrupciones por guerras, epidemias y conflictos políticos, así como celebraciones memorables como el Gran Jubileo del Año 2000 o el Año Santo Extraordinario de la Misericordia en 2016.

El Jubileo 2025 se inscribe en esta tradición milenaria, pero con un acento propio: la esperanza. En un mundo herido por guerras, desigualdades, crisis migratorias y fracturas sociales, el Papa Francisco quiso proponer la esperanza cristiana no como evasión, sino como fuerza transformadora.

Francisco: abrir la puerta de la esperanza

El Papa Francisco inauguró el Año Jubilar con un gesto cargado de simbolismo: la apertura de la Puerta Santa de San Pedro en la Nochebuena de 2024. En su mensaje, subrayó que la esperanza jubilar no se limita a la experiencia interior del creyente, sino que debe irradiarse hacia la sociedad, las relaciones humanas y la defensa de la dignidad de toda persona.

Durante los primeros cuatro meses del Jubileo, antes de su fallecimiento el 21 de abril de 2025, Francisco imprimió su sello pastoral. Además de las aperturas de las Puertas Santas en las basílicas de San Juan de Letrán, Santa María la Mayor y San Pablo Extramuros, realizó uno de los gestos más elocuentes de su pontificado: la apertura de una Puerta Santa en la cárcel romana de Rebibbia, el 26 de diciembre de 2024. Con ello, Su Santidad Francisco quiso recordar que la esperanza cristiana alcanza también a quienes viven privados de libertad.

Ese mismo día, Francisco visitó la prisión y se encontró con los internos, reafirmando una de las constantes de su magisterio: nadie está definitivamente perdido. La misericordia, hilo conductor de su pontificado, encontró así una prolongación natural en este Jubileo de la Esperanza.

En Spes non confundit, Francisco dejó claro que este Año Santo debía ser una invitación a “reavivar la esperanza” no solo en la vida personal, sino en la sociedad, en las relaciones humanas y en la defensa de la dignidad de cada persona.

Un Jubileo marcado por el duelo

Los primeros meses del Año Santo estuvieron atravesados por la fragilidad del Papa Francisco. Su hospitalización y posterior fallecimiento conmocionaron a la Iglesia universal en pleno desarrollo del Jubileo. El funeral del Pontífice, celebrado en la Basílica de San Pedro, reunió a delegaciones de 160 países y a más de 250 mil fieles que acudieron a despedirlo.

De manera providencial, esos días coincidieron con el Jubileo de los Adolescentes. Más de 200 mil jóvenes, que habían llegado a Roma para su peregrinación jubilar, decidieron participar masivamente en las exequias.

Este momento fue uno de los signos más elocuentes del Año Santo: una juventud capaz de acompañar el dolor de la Iglesia con silencio, oración y fe madura. Un acontecimiento que en palabras de Mons. Fisichella, “debe permanecer en los anales de la historia de este Jubileo”.

León XIV: continuidad y nuevo impulso

Tras el cónclave celebrado entre el 7 y el 8 de mayo de 2025, el cardenal estadounidense Robert Francis Prevost fue elegido como el 267º Pontífice de la Iglesia, tomando el nombre de León XIV. Apenas unos días después de su elección, recibió a monseñor Fisichella para conocer en detalle el programa jubilar. La respuesta fue inmediata y contundente: asumir plenamente lo ya planificado.

Desde entonces, León XIV ha participado de manera constante en los actos del Jubileo, reafirmando que este Año Santo es un don para toda la Iglesia. «No pasa un día en que el Papa no participe en algún evento y recuerde la gracia de este tiempo», señala Fisichella.

El nuevo Pontífice ha mantenido el eje central propuesto por Francisco —perdón, peregrinación y unidad—, añadiendo acentos propios: la urgencia de la paz, el diálogo como alternativa a la guerra, la justicia social y la centralidad de Dios frente a la idolatría del dinero.

Frutos y cifras de un Año Santo

Desde el Vaticano se ha hecho un balance que habla por sí mismo: más de 32 millones de peregrinos han cruzado la Puerta Santa en Roma para participar en las celebraciones jubilares. Una cifra que el propio Fisichella califica como «extraordinaria» y que revela la profunda acogida que el pueblo de Dios ha dado a este Año Santo.

A lo largo de 2025 se han celebrado jubileos temáticos —de los jóvenes, de los presos, de las familias, de los trabajadores— que han permitido aterrizar el mensaje de la esperanza en realidades concretas. El Jubileo de los Presos, en particular, se convirtió en uno de los momentos más significativos bajo el pontificado de León XIV, quien recordó que la justicia auténtica debe tener siempre un horizonte de reconciliación.

Dos Papas, un solo horizonte

Francisco y León XIV dieron estilos distintos, pero un mismo horizonte de fe. El primero, el Papa de la Misericordia, impulsó una Iglesia en salida, cercana a las periferias existenciales. El segundo ha asumido esa herencia, reforzando el llamado a la esperanza activa en medio de un mundo fracturado. El Jubileo 2025 ha mostrado que la continuidad en la Iglesia no depende de personas, sino de la fidelidad al Evangelio. En medio del dolor por la pérdida y la expectativa del relevo, el Año Santo avanzó como signo de comunión eclesial.

Un Año Santo que no se clausura en el corazón

El 6 de enero de 2026, el Papa León XIV cerró la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro. Litúrgicamente, el Jubileo llegó a su fin. Espiritualmente, la pregunta permanece abierta. ¿Qué nos deja este Año Santo? El Jubileo de la Esperanza deja una tarea clara: vivir la esperanza como compromiso cotidiano. No como consuelo fácil, sino como fuerza que impulsa a la reconciliación, la justicia y la paz.

La mirada ya se dirige al futuro: en 2033 la Iglesia celebrará un Año Santo extraordinario con motivo del bimilenario de la muerte y resurrección de Jesucristo. Hasta entonces, el Jubileo 2025 deja una certeza: la esperanza cristiana no es una idea ni una utopía, sino una Persona que invita a dar signos visibles y tangibles de fe en la historia.

Esa es, quizá, la mayor exhortación que deja este Año Santo: no cerrar la puerta de la esperanza que se abrió para el mundo.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 11 de enero de 2026 No. 1592

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