Por Rubicela Muñiz
Es probable que, a los adultos de hoy, que recibieron juguetes tradicionales como regalo de Reyes Magos en su infancia, les cause un poco de tristeza que los niños actuales no los prefieran. Es una realidad: teléfonos celulares, tablets y consolas de videojuegos encabezan la lista en las “cartitas” dirigidas a los Magos de Oriente.
Pero si dejamos atrás la nostalgia, se puede entender que es una cuestión de gustos debida al contexto cultural de la época. Es la forma en la que se entretienen y pasan el tiempo las nuevas generaciones, y solo queda adaptarse.
Lo que sí es verdad es que los juguetes de hace 20 años no generaban advertencias serias por parte de los expertos, tales como: “¡Cuidado! Puede provocar ansiedad, sobrepeso o sedentarismo”. Al contrario, entre más interactivos eran, mayor era la posibilidad de despertar la imaginación, la creatividad y la agilidad mental.
En cambio, los videojuegos o los teléfonos celulares no dan lugar ni siquiera al aburrimiento, pero sí provocan riesgos reales a nivel mental, en la integridad del menor y en su salud física.
Pasatiempos sin fondo
El teléfono celular, por ejemplo, se ha vuelto un pasatiempo sin fondo al que se recurre, muchas veces, con el único propósito de ocupar las horas. La española Josefa Ros, fundadora de la Sociedad Internacional de Estudios del Aburrimiento, sostiene que los actuales hábitos de consumo digital dificultan que se pueda aprovechar la oportunidad que ofrece el aburrimiento para imaginar un cambio.
La situación se puede salir de control si los menores tienen acceso a redes sociales que ofrecen estímulos constantes. Entran en un círculo vicioso al pasar de TikTok a Instagram, de Instagram a YouTube y de regreso. El contenido nunca acaba.
En cuanto a los videojuegos, es probable que los niños y adolescentes desarrollen una relación poco saludable si existen facetas de su vida que no son satisfactorias. Si un niño siente que no es competente, que carece de autonomía o no se siente vinculado a los demás en la escuela o en algún otro ámbito, el resultado puede ser que establezca una dependencia con los videojuegos (mediante la cual satisface esas necesidades) al abusar de su consumo.
La supervisión es clave
Con ambos aparatos —celulares o consolas—, los padres deben marcar tiempos claros. No se les debe ver como “niñeras” ni olvidar tareas importantes, como explicar al niño que todos debemos gestionar nuestra relación con la tecnología. Es recomendable considerar la posibilidad de reconocer ante ellos las dificultades que tú mismo tienes para gestionar tu propio uso de los dispositivos, las técnicas que te han funcionado y las que no, así como las ventajas generales de adoptar un enfoque equilibrado.
En caso de que los Reyes Magos aparezcan con tecnología este 6 de enero, la asociación civil A favor de los Mejor (AFM) sugiere tener en cuenta los riesgos que corren niños y adolescentes al estar conectados sin supervisión:
- Salud mental y conductual: Puede provocar trastornos del sueño, ansiedad, depresión, adicción, conductas agresivas y menor tolerancia a la frustración.
- Desarrollo cerebral: La sobreexposición a pantallas, especialmente en edades tempranas, afecta negativamente el desarrollo de áreas clave para el lenguaje, la atención, el control de impulsos y la toma de decisiones.
- Peligros en línea: Los menores quedan expuestos a interactuar con desconocidos malintencionados, al ciberacoso y al acceso a contenido inapropiado o violento.
- Salud física: Fomenta el sedentarismo, lo que contribuye directamente al sobrepeso y la obesidad infantil.
- Desempeño social y académico: Limita el desarrollo de habilidades sociales y la interacción con otros, además de reducir la concentración y la creatividad, lo cual afecta el rendimiento escolar.
Sin importar la edad, es vital seguir impulsando el juego al aire libre, la práctica del deporte, los momentos en familia y todo aquello que haga sentir a los menores que son parte de un entorno seguro, donde pueden expresar sus preocupaciones y deseos.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 4 de enero de 2026 No. 1591





