Por Rebeca Reynaud
Un adagio dice: “Del interior de las personas ni la Iglesia juzga”.
Dios nos ama incondicionalmente y quiere liberarnos de nuestros miedos, de la colección de agravios que guardamos, de las malquerencias y heridas. Jesús nos dice: “Préstame tu propio ser para que seamos uno. Dame tus miserias, déjate transformar”. Dios nos salva de nosotros mismos. Déjale a Jesús tus pecados; Dios va a purificar tu corazón si lo dejas.
Una frase de Teresa de Calcuta dice: “Si juzgas a la gente no tienes tiempo de amarla”. Juzgar consume la energía que debería dedicarse al amor y a la compasión.
Es muy fácil juzgar porque somos observadores y pensantes, mas no hay que olvidar que el juicio le pertenece a Dios, y a Él le disgusta enormemente que nos erijamos en jueces de nuestros hermanos, cuando no tenemos toda la información, y, aunque la tuviéramos, es un acto que no nos toca hacer. Con la misma medida que medimos, seremos medidos, de allí la importancia de ser misericordiosos. Alguien dirá: “No puedo dejar de juzgar”, pídele a Dios no ser juez; no hay oración que no sea escuchada.
A veces no acertamos en omitir juicios sobre los demás porque no tenemos propósito de enmienda. Tal vez vamos a confesarnos y ni se nos ocurre acusarnos de juzgar a los demás. Y cuando lo hacemos con corazón contrito, Jesús nos restaura con su Espíritu, con su Palabra, con su voz.
Podemos juzgar a quien nos humilló, en vez de perdonar, entonces perdemos una ocasión de hacer méritos ante el rostro de Dios.
¿Podemos hablar menos y escuchar más? ¿Podemos opinar menos y hablar bien de los demás?
Dice todo lo que se piensa, mejor, piensa todo lo que se dice. Antes de hablar piensa ¿es verdad lo que voy a decir? ¿Es útil? ¿Es importante? ¿Es necesario lo que quiero decir? Antes de hablar piensa, ¿es amable, lo que voy a decir? Es más fácil que producir algo.
El lenguaje tiene muchas dimensiones. Uno se expresa a sí mismo cuando habla. Al hablar se ve qué tipo de persona se es, qué grado de cultura se posee y en qué términos se valora a los demás. El lenguaje crea cultura.
Hoy está de moda decir malas palabras. A veces no hay más razones para explicar el uso de malas palabras que la de “todos hacen lo mismo”. No nos damos cuenta de que “la estatura moral de las personas crece o disminuye según las palabras que pronuncian y los mensajes que eligen oír”, dice Juan Pablo II. Además, nuestras obras nos siguen y quedan en nuestra alma, moldeándola.
Todo cuanto el hombre piensa, dice y hace tiene alguna vida y continúa viviendo como obra buena o mala. Y es que toda palabra tiene un peso: para bien o para mal. Y, si se nos pedirá cuenta de toda palabra inútil, imaginemos qué será si esa palabra no es sólo inútil, sino ofensiva.
En el lenguaje está implícita una cosmovisión, una cultura, un modo de entender el mundo. El lenguaje crea cultura.
Dostoievski muestra la contradicción incesante en el espíritu humano. La mayor parte del tiempo somos contradictorios. Nuestros los engranajes no funcionan a la perfección.
Cada persona quiere demostrar que es dueña de su propia vida, de su destino, aunque, en secreto, no lo sea tanto.
Imagen de Victor UzihBen en Pixabay





