Por Jaime Septién
El dictador Nicolás Maduro debió haber caído hace mucho tiempo. Haberlo extraído de Venezuela fue un alivio. Las justificaciones de Estados Unidos para hacerlo son, por decirlo así, pueriles. Si hubiera sido para “restaurar la democracia” la transición no se haría con el chavismo; se haría con quienes el pueblo decidió que la encabecen desde julio de 2024: González Urrutia y María Corina Machado.
El candidato de Texas al Senado, James Talarico, fue claro al afirmar que se trató de una invasión para hacer más ricos a los más ricos de EE. UU. En el fondo está el petróleo. Venezuela tiene poco más de 300 mil millones de barriles de petróleo en reservas probadas (no probables). Es el número uno del mundo. Y el presidente Trump, ha dicho que se harán cargo de Venezuela y de su industria petrolera.
También en el fondo están los petrodólares. Si EE. UU. se hace cargo de la industria petrolera venezolana, volverá a imponer el patrón dólar como moneda universal para negociar energía. Como pasó con Irak y con Libia, el tema fue la reconstrucción democrática tirando a los dictadores Sadam Hussein y Muhammad Gadafi. No hubo tal democratización. Pero sí petróleo y hegemonía dolarizada.
Muy pocos estarán en desacuerdo de que Maduro, Sadam y Gadafi eran unos sátrapas. Y que los venezolanos (ocho millones en el exilio tras 25 años de chavismo), los iraquíes y los libios merecen vivir en paz. Ayudar a liberarlos de las garras del terror significa devolverles su país y apoyarlos en la tarea de ponerse de pie. Lo otro –lo que hemos visto estos días en Venezuela– se llama saqueo. Y ninguna democracia surge cuando la fuerza (de los dólares) está por encima del respeto a la dignidad humana.
Juzguen a Maduro, pero devuelvan Venezuela a los venezolanos: a los de adentro y los de afuera.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 11 de enero de 2026 No. 1592





