Por P. Eduardo Hayen

El 7 y 8 de enero se reunirá el papa León XIV con los cardenales en un consistorio extraordinario. El propósito de esta reunión, además de reforzar la comunión entre el colegio cardenalicio y el papa, será para tratar de asuntos de gran importancia para el gobierno de la Iglesia Católica.

Aunque en el momento de escribir este artículo no se ha dado a conocer cuál será la agenda del consistorio, medios católicos importantes han hecho especulaciones y se cree que los temas a tratar han sido las reformas a la curia romana, cuestiones litúrgicas como el futuro de la misa tridentina y, sobre todo, el tema de la sinodalidad.

¿Qué es la sinodalidad? Es una dimensión constitutiva de la Iglesia desde sus orígenes. En el siglo I, en el Concilio de Jerusalén se reunieron Pedro, los Apóstoles y presbíteros para discutir algunas cuestiones como la admisión de los gentiles en la Iglesia con la condición de cumplir con la ley de Moisés. Era un proceso de escucha mutua y diálogo para que los Apóstoles tomaran decisiones sobre el rumbo de la Iglesia.

En los primeros siglos la Iglesia vivió esta práctica a través de las reuniones de obispos y comunidades que discernían juntas, respetando la autoridad y la decisión última de la Jerarquía de la Iglesia en cuestiones de doctrina y disciplina. La sinodalidad ha quedado manifesta en muchos sínodos en la vida de la Iglesia y, sobre todo, en los 21 concilios ecuménicos que han marcado su historia.

El último concilio, el Vaticano II, no mencionó la palabra sinodalidad en sus documentos aunque sí explicitó la eclesiología de la comunión, y la Iglesia vista como Pueblo de Dios (Lumen Gentium 2), enfatizando la corresponsabilidad de los bautizados en el caminar de la Iglesia. Resaltó también el «sensus fidei» –el sentido de la fe– del Pueblo de Dios.

El concilio dejó claro que los obispos en comunión con el papa como cabeza de la Iglesia, forman un colegio que sucede al de Pedro y los Apóstoles, y juntos constituyen la autoridad suprema sobre la Iglesia universal. El concilio guarda así el equilibrio entre la autoridad jerárquica querida por Cristo y la participación de todos los bautizados. Entendida de esta manera, la sinodalidad no tiene por qué ser causa de controversia.

Durante los últimos años de su pontificado, el papa Francisco puso en la mesa de análisis el tema de la sinodalidad para darle un mayor impulso. Muchos han considerado que, desde entonces, se introdujeron elementos para descentralizar la Iglesia, volverla más horizontal y promover una participación mucho más amplia de los laicos. El temor de un buen sector de la Iglesia es que en este «caminar juntos» se debilite la estructura vertical y piramidal de la Iglesia, reservada históricamente a la Jerarquía, y se convierta en un parlamento.

De esta manera se podría diluir la autoridad jerárquica tradicional y abrir la puerta a modificaciones en la doctrina o a introducir cambios pastorales controvertidos, sobre todo en temas de participación de la mujer en la vida eclesial, la inclusión LGBTQ, y cuestiones de moral del matrimonio y la familia.

¿Qué puede ocurrir en la Iglesia Católica si la sinodalidad toma este camino que se aleja de la manera en que la Iglesia ha entendido el «caminar juntos»? La situación de fractura de la comunión anglicana es un referente para vislumbrar un futuro no deseable para los católicos. El 16 de octubre de 2025, el 80 por ciento de los anglicanos que viven en África y América latina decidieron romper su relación con las provincias anglicanas de Inglaterra, Irlanda, Escocia, Gales, así como con la Iglesia Episcopal de EEUU y Canadá.

El motivo de la cisma tiene décadas de gestación por profundos desacuerdos doctrinales entre anglicanos en temas como la admisión de las mujeres al sacerdocio y al episcopado; por la inclusión LGBTQ como es la ordenación de personas abiertamente homosexuales y por la bendición de parejas del mismo sexo, así como el matrimonio igualitario que acepta la Iglesia episcopal escocesa. El cisma definitivo ocurrió por la elección de la señora Sarah Mullally como arzobispa de Canterbury en 2025.

Desde 1992 alrededor de 700 clérigos y religiosos han abandonado la Iglesia anglicana para pedir su admisión a la Iglesia Católica. El flujo de conversiones ha sido constante, con un promedio de 11 conversiones al año. Actualmente el 35 por ciento de las ordenaciones católicas diocesanas en Inglaterra provienen de anglicanos conversos. Estas rupturas ya nos dice lo que puede ocurrir a la Iglesia Católica si se adopta una agenda liberal, lejos de la enseñanza bíblica y de la Tradición.

Oremos por el papa León y por los cardenales que se reunirán en consistorio extraordinario durante los próximos días. La recta sinodalidad entendida en la Tradición será una bendición que nos hará avanzar en unidad querida por Cristo; pero una interpretación progresista de la misma podría polarizar más a la Iglesia y llevarla a fracturas cada vez mayores.

 


 

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