Por Rebeca Reynaud
Hemos de ir al sacramento de la reconciliación como quien va a un encuentro personal, misericordioso, con quien sabemos nos ama. Para ello podemos hacer un examen de conciencia con calma, revisando los pensamientos, palabras, obras y omisiones cometidas desde la última confesión.
Hay que cuidar con esmero que nuestra confesión sea frecuente, profunda, contrita.
En la Confesión hay que fomentar la contrición, sin darla por supuesto. Es vital que nuestro examen esté lleno de dolor de amor. Cuando el consentimiento en un pecado venial es pleno, el dolor es más necesario que cuando no hay pleno consentimiento. La verdadera contrición incluye propósitos de enmienda.
San Juan Pablo II decía que la persona que sabe confesar la verdad de la culpa y pide perdón a Cristo, acrecienta la propia dignidad humana y da muestras de grandeza espiritual (Dublín, 29-IX-1979). Sin estas palabras: “Padre he pecado”, el hombre no puede entrar en el misterio de la muerte y de la resurrección de Jesucristo. ¿De qué tenemos que arrepentirnos? De nuestra indiferencia, de nuestra dureza de corazón, de la apatía…
Motivos que hacen muy conveniente la confesión
- Necesitamos paz interior. Hoy que el mundo está lleno de ansiedad, necesitamos pacificar el alma. El reconocimiento de nuestras culpas es el primer paso para recuperar la paz interior.
- Necesitamos aclararnos a nosotros mismos. Saber qué hay «adentro», qué nos pasa, qué hemos hecho, cómo vamos… De esta manera la confesión ayuda a conocerse y entenderse a uno mismo.
- Todos necesitamos que nos escuchen. El decir lo que nos pasa, es una primera liberación.
- Si el Espíritu Santo habita en un alma, se evita con mayor facilidad la corrupción. Cuando tenemos que contar los hechos a otra persona, sin excusas, con sinceridad, se nos caen todas las caretas… y nos encontramos con nosotros mismos, con la realidad que somos.
- Todos necesitamos perspectiva. Una de las cosas más difíciles de esta vida es conocerse uno mismo.
- Nadie es buen juez en causa propia. Por eso los sacerdotes pueden perdonar los pecados a todas las personas del mundo, si se han arrepentido.
- Necesitamos saber si estamos en condiciones de ser perdonados: De otra manera correríamos un peligro enorme: pensar que estamos perdonados cuando ni siquiera podemos estarlo.
- Una cosa es pedir perdón y otra distinta ser perdonado. Necesitamos una confirmación exterior, sensible, de que Dios ha aceptado nuestro arrepentimiento.
Los pecados leves -advierte San Agustín- “no los consideres poca cosa: si los tienes por tales cuando los pesas, tiembla cuando los cuentas. Muchas gotas de agua hacen un río” (In Epistola Ioannis ad Parthos tractatus, I, 6).
En la confesión no se realiza un diálogo humano, sino un diálogo divino: nos introduce dentro del misterio de la misericordia de Dios. Jesús dio a los Apóstoles el poder de perdonar los pecados. «Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados, a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar » (Jn 20,22-23). Los únicos que han recibido este poder son los Apóstoles y sus sucesores.
Es interesante notar que Jesús vinculó la confesión con la resurrección (su victoria sobre la muerte y el pecado), con el Espíritu Santo (necesario para actuar con poder) y con los apóstoles (los primeros sacerdotes): el Espíritu Santo actúa a través de los Apóstoles para realizar en las almas la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte.
Dice Teresa de Calcuta: “Para muchos de nosotros existe el peligro cierto de olvidar que somos pecadores y que como tales hemos de recurrir al confesionario. Hemos de sentir necesidad de hacer que la sangre de Cristo lave nuestros pecados”.
En la confesión te encuentras con Cristo. Te confiesas con Jesús, el sacerdote no es más que su representante. La fórmula de la absolución dice: «Yo te absuelvo de tus pecados» ¿Quién es ese «yo»? No es el Padre Fulano -quien no tiene nada que perdonarte porque no le has hecho nada-, sino Cristo.
Michel Esparza escribe: “La experiencia muestra que quien confiesa a menudo sus pecados suele saber de qué confesarse, mientras que quien nunca lo hace no sabe de qué confesarse” (La autoestima del cristiano, p. 82).
Imagen de perucatolico.com





