En Occidente, y no solo allí, son muchas las batallas llevadas adelante por los movimientos feministas, que identifican en el patriarcado el origen de un sistema de disvalores según el cual la mujer no sería otra cosa que propiedad del hombre y funcional a él. Según la visión patriarcal —explican estos movimientos— la mujer, lejos de ser considerada una persona, es concebida como un objeto que debe satisfacer los deseos y necesidades del hombre, quien puede dominarla y someterla.
El feminismo lucha para que cada mujer sea concebida como una persona que no solo tiene derecho a una autonomía propia de pensamiento y de vida, sino que posee talentos peculiares que deben salir a la luz, una dignidad irreductible y debe gozar del mismo respeto y reconocimiento que se deben al hombre en el plano personal, social y profesional.
Sin embargo, junto a este grito de justicia y equidad, existen corrientes feministas que reivindican una concepción de la mujer más cercana al machismo que a una sana y auténtica valorización de lo femenino, ya que fomentan una visión machista sobre la mujer y la falta de educación en el amor por parte del hombre. Algunos ejemplos.
¿La interrupción del embarazo hace más libre a la mujer… o al hombre?
Cuando se trata del aborto, a nivel comunicativo, a menudo se tiende a reivindicarlo como derecho de la mujer. El feminismo lucha para que sea considerado cada vez más y en todas partes un derecho indiscutible. Sin embargo, si miramos la cuestión desde un punto de vista machista, una mujer “liberada” de su maternidad es una mujer potencialmente siempre disponible, que no pide al hombre que asuma ninguna responsabilidad de lo que hace con ella.
Una mujer que niega la vida en su seno no pide al hombre convertirse en custodio de aquel o aquella que han engendrado juntos. En otras palabras, cerrar o cortar el vínculo entre sexualidad y vida priva al hombre de sus responsabilidades.
Es innegable que entre las causas del aborto está precisamente esta: la falta de responsabilidad del padre. Promover, incentivar, legitimar la interrupción del embarazo como forma de progreso (ni siquiera como extrema ratio) favorece que el hombre se sienta cada vez más incentivado y legitimado a ser la persona equivocada con la cual concebir un hijo.
Según las corrientes feministas, negar el derecho al aborto sería un modo de controlar el cuerpo femenino. De hecho, sin embargo, a menudo ocurre lo contrario: promoverlo se convierte en un instrumento de control. Una mujer que niega su maternidad es mucho, mucho menos exigente para el hombre, sobre todo si él no quiere ser “el correcto” para ella.
Las mujeres piden poder desnudarse sin ser juzgadas, pero ¿quién gana con ello?
Es el hombre no educado en el amor quien se beneficia de un cuerpo disponible, sin que se le exija en absoluto mostrar con su virilidad (concepto muy distinto de la masculinidad tóxica) que está a la altura de un don tan grande y precioso.
A menudo las mujeres reivindican el derecho a desnudarse sin ser mal vistas o insultadas, a vender sus servicios en sitios como OnlyFans.
Piden, con razón, no ser utilizadas, pero lo hacen, a veces, hablando el lenguaje de la pornografía. El mundo está lleno de hombres verdaderos, sólidos, respetuosos; pero hablando el lenguaje de la pornografía se atrae a hombres que aún no han alcanzado la madurez de quien está listo para amar.
Más aún, se es buscada por quien es analfabeto en el amor, por quien busca el desnudo para no concentrarse en la interioridad, por quien no valora el cuerpo femenino, sino que lo devora.
Custodiar lo femenino
Si queremos preservar una joya de un ladrón, seguramente no la exhibiremos delante de él. No se trata de justificar al ladrón, al contrario: el ladrón no tiene ningún derecho a serlo. Y, sin embargo, si sospechamos que delante de nosotros hay efectivamente un ladrón, no le haremos saber dónde está el oro, no le diremos que puede “mirarlo, pero no tocarlo”, no pondremos a prueba su cleptomanía.
Claro está, cada mujer debería ser mirada por lo que es, no por lo que muestra. Pero es innegable que en este mundo existen muchos ladrones, muchos chacales que se aprovechan de las mujeres, que las utilizan.
Cada mujer debería ser respetada independientemente de cómo se vista, de cómo se maquille, de la hora a la que salga y de la longitud de su falda. Un verdadero caballero respeta a todas las mujeres, sin “peros” ni condiciones.
Y, sin embargo, nuestro mundo no está habitado solo por caballeros. Y aquellos que no lo son deben ser ayudados a educarse en el amor, no fomentados en el no-amor.
Reivindicar el derecho a estar expuesta bajo los ojos de todos no es un bien para la mujer, que es consumida con la mirada por personas que no tienen ningún interés en quererla de verdad. El cuerpo vale más que una joya, y como tal debe ser custodiado.
Un auténtico feminismo recuerda al hombre que el cuerpo de una mujer no es una mercancía y que no se puede tenerlo todo de ella si no se está dispuesto a cuidarla.
Artículo publicado originalmente en familyandmedia.eu
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 8 de febrero de 2026 No. 1596





