Por P. Eduardo Hayen Cuarón
Dicen que Nemesio Oceguera Cervantes, el capo del narcotráfico más peligroso del mundo era un devoto católico. En la cabaña de lujo, donde el Ejército Mexicano lo cazó, no se encontraron figuras de la muerte ni nada que tuviera que ver con rituales de brujería. El Mencho tenía un pequeño altar dedicado a la Virgen de Guadalupe, a san Judas Tadeo –santo de las causas imposibles–, a san Charbel –santo libanés muy venerado por los enfermos como el mismo Oceguera, que andaba mal de sus riñones. Además había veladoras encendidas, flores y otros objetos de devoción.
Oceguera Cervantes había escrito una carta a Dios que dejó junto al altar donde había escrito con su puño y letra el salmo 90, que es uno de los salmos más rezados por muchos católicos para pedir protección contra los peligros y toda clase de males: «No se te acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda… caminarás sobre áspides y víboras, pisotearás leones y dragones» (Sal 90, 10.13). Un mes después de los asesinatos de los jesuitas en la sierra de Chihuahua, el Mencho había publicado un video, en julio de 2022, en el que informaba sobre su «código de honor» exhortando a los cárteles a respetar a los sacerdotes y pastores evangélicos, médicos y maestros.
Sin embargo esta faceta piadosa y devota de su vida, así como su respeto a la religión, no cambia el hecho de que su conducta fuera diametralmente opuesta a su fe católica: Oceguera fue el líder del cártel criminal más poderoso y violento del mundo, sembrador de muerte y destructor de innumerables vidas humanas, además de gran bienechor de narcopolíticos.
Tratemos de explorar más de cerca qué sucede en el mundo interior de los criminales. Nos preguntamos ¿cómo un narcotraficante de ese calibre podía, al mismo tiempo, vivir practicando las devociones que tienen las señoras de las parroquias? ¿Cómo pueden coexistir la luz y las sombras en un terrorista; la extorsión, el secuestro y la violencia extrema con el Rosario, las velas y la lectura de la Palabra Dios?
Una persona no se hace narcotraficante de la noche a la mañana. Su camino hacia los abismos de la maldad comienza con culpas que vienen del robo o de la venta de estupefacientes. Como eso produce poder y riqueza, muchas veces la persona no quiere cambiar su comportamiento, sino que trata de ajustarlo a sus creencias: «esto que hago es necesario para proteger a mi familia», «así llevo el pan a mi casa donde hay mucha pobreza», «con esto estoy ayudando a mi comunidad donde hay tanta necesidad». Estas justificaciones robinhoodescas reducen la disonancia en las mentes criminales, y así las devociones les funcionan como amuletos de protección, sin llegar a haber una confrontación entre la fe que se profesa con el pecado de la propia vida.
Si el criminal regala narcolimosnas a las iglesias, construye capillas o ayuda al Seminario de una diócesis, entonces llega a vivir creyendo que sus actividades delictivas son males necesarios y no pecados absolutos. Más que un villano, el narco llega a sentirse héroe popular, protector o bienechor de una comunidad. El delincuente puede llegar a creer que sus devociones son un pago a Dios a cambio de tener la protección del cielo. O puede argumentar que sus víctimas se lo merecían y así termina por justificar sus crímenes.
Esto le puede aliviar la culpa, pero ésta no desaparece del todo sino que se manifiesta en paranoias, delirios de persecución, insomnio o adicciones. El narco que se cree «bueno» vive, en realidad, en una esquizofrenia entre su vida devota y su vida criminal. Por estar en constante peligro de muerte, su vida transcurre siempre en un estrés muy elevado.
El oscurecimiento de la conciencia moral del Mencho y de los narcos, es decir, la pérdida de la sensibilidad ante el bien y el mal, ignorando el pecado, es un proceso que involucra, sin lugar a dudas, la influencia de Satanás, el espíritu del mal y «padre de la mentira». La estrategia principal del engañador es presentar el mal como un bien, y el bien –el arrepentimiento y la propia conversión– como un mal. Las devociones y la lectura que Oceguera hacía de la Escritura (salmo 90) eran un engaño diabólico, una distorsión de la Palabra de Dios y un atajo fácil para obtener gloria y poder humano. El Mencho cayó redondito en las tres tentaciones que el diablo le presentó a Jesucristo: «Haz que estas piedras se conviertan en panes… Tírate de lo alto del Templo para que tus ángeles se recojan y tu pie no tropiece… Te daré todos estos reinos si te postras y me adoras» (Mateo 4, 1-11).
Cuando una persona ingresa al crimen organizado, Satanás promueve que el pecado se repita una y otra vez, lo que lleva al nuevo narco a cauterizar su conciencia. Y como el diablo siempre tienta a aquel con quien ya cuenta, se llega a un punto en el que el mal ya no causa remordimiento. El «acusador» hace pensar a la persona que ya está perdida, que no hay remedio y que es inútil cambiar. Así se bloquea la gracia de la conversión. También es obra del diablo el que el mal se normalice y los pueblos pierdan la brújula moral. Pueblos enteros, favorecidos en su economía por las actividades delictivas, festejan a sus narcos con pirotecnia, comilona y baile.
La mezcolanza de fe católica y faltas gravísimas a la caridad cristiana, como son las actividades del crimen organizado, son una perversión de la virtud de la religión. Si la devoción no se acompaña con la oración, la conversión del corazón, la recepción de los sacramentos –especialmente la Confesión–, la formación de la conciencia moral y la obediencia a los mandamientos de la Ley de Dios –ley de Cristo–, sólo sirve para cavar más hondamente la propia tumba.
Revistámonos con la armadura de Dios y oremos por los jóvenes de México, quienes hoy son la carne de cañón frente al mundo tenebroso del narcotráfico. Que el Espíritu Santo los convenza de que más vale un pan con Dios que dos con el diablo.





