Por P. Fernando Pascual

Lo sabemos porque lo hemos leído o lo hemos escuchado: para hablar bien de Dios antes hay que haber hablado con Dios.

Parecería sencillo hablar de Dios: si hemos leído diversos libros, si hemos asistido a buenas conferencias, si tenemos una mente inquieta y reflexiva, el tema “Dios” aparece fácilmente en nuestras conversaciones.

Notamos, sin embargo, que uno puede hablar de Dios solo como algo teórico. Incluso quienes no creen en Dios ofrecen interesantes reflexiones sobre esa “idea” que no consideran válida o que ven como inexistente.

Si Dios es Dios, si ha dado origen al mundo, si es la meta de todo deseo humano, hablar de Dios correctamente exige acercarnos a Él, aprender el arte maravilloso, y a veces difícil, de hablar con Dios.

En un mundo lleno de prisas, en medio de mil inquietudes y problemas, ante tantos mensajes que llegan y que parten de nuestros labios o de nuestras manos, parece que casi no hay tiempo para hablar con Dios.

Además, si nos hemos dejado atrapar por las preocupaciones materiales, o si estamos encerrados en vicios que han sido aceptados como algo normal o necesario, hablar con Dios resulta casi imposible.

Dios no se rinde ante nuestras dificultades. Es cierto que cada uno tiene que disponerse para entrar en diálogo con Él. Pero lo maravilloso es reconocer que el mismo Dios ha querido hablarnos, que se ha hecho Hombre como nosotros.

Jesús, Hijo de Dios e Hijo de la Virgen María, aprendió nuestro lenguaje, miró con ojos humanos, compartió la comida con los amigos, tocó las manos de un enfermo, lloró ante el misterio de la muerte de un ser querido.

Además, Dios está presente en una sencilla flor de campo, en un petirrojo que salta de rama en rama, en una lluvia que limpia el aire y enriquece los manantiales, en un rostro que nos sonríe con respeto y afecto.

Cuando empezamos a hablar con Dios, desde el Evangelio y desde la naturaleza, desde los encuentros y desde las experiencias más bellas de la vida, hablar sobre Dios resulta mucho más rico y más fecundo.

Quisiéramos tenerlo en nuestros corazones como Amigo, Salvador, Padre. Quisiéramos compartirle penas y alegrías, fracasos y triunfos, enfermedades y proyectos.

Si estamos a su lado, si aprendemos a hablar con Dios desde lo cotidiano, hablar de Dios será no solo algo mucho más fácil, sino que tendrá una fecundidad sorprendente en quienes nos escuchan.

Porque entonces nuestras palabras no se limitarán a teorías (que tienen su valor), sino que comunicarán una experiencia íntima y fecunda, que llegará al otro de una manera fraterna, sencilla y contagiosa.

 
Imagen de Erike Lin en Pixabay


 

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