Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.

Cuando una cultura tiene proyección internacional, desafiante del tiempo, y es madre de otras culturas, las podríamos llamar Civilización, como la egipcia. Sus grandes conocimientos, aportes y descubrimientos de toda índole, se le da esa categoría de Civilización; diríamos, fecundó e inspiró con su propia metodología la cultura griega y a través de la griega, a la cultura romana, que en cierta manera perviven en la Civilización cristiana.

Más allá de los logros culturales que conocemos por el influjo cultural de Europa, a quien el Evangelio ha vivificado por las escuelas abaciales, inicio de las universidades, -ex Corde Ecclesiae- del Corazón de la Iglesia, les dio esa coherencia de Civilización Cristiana, pervive en muchas naciones en lo que llamamos los ‘bienes culturales de la Iglesia’, desde las catacumbas, hasta su ingente obra arquitectónica, pictórica, poética, musical, científica, etc. que pervive a través de los siglos y llega hasta nosotros con extraordinario esplendor.

Pero ese nivel no basta si no se atiende a la vitalidad evangélica hoy, señalada por Jesús:

‘sean la sal de la tierra’, ‘sean la luz del mundo’.

La Iglesia y los cristianos no pueden quedarse en las categorías culturales del museo; la palabra de Jesús es ‘espíritu y vida’, que dinamiza la mediocridad de una vida centrada en el ‘ego’ y en la huida ante los retos del presente.

Los discípulos y seguidores de Jesucristo el Señor, estamos llamados a ser ‘sal’, -sabor, para preservar de la corrupción a nuestra humanidad acechada por el mal destructor de la humanidad; tenemos que ser en Jesús luz, porque él es la Luz verdadera que ilumina a todo hombre (cf Jn 1, 9). Nos atosigan las tinieblas de la indiferencia y del egoísmo que sofocan la sabiduría del amor de Dios.

Qué maravillosa es la Palabra del Señor, quien en Isaías (cf 58, 7-10), nos interpela a renunciar a oprimir a los demás y a desterrar el gesto amenazador y la palabra ofensiva; cuando se comparte el pan con el hambriento y se sacie la necesidad del humillado, brillará nuestra luz en las tinieblas y nuestra oscuridad será como el medio día.

Nos faltan esa pléyade de santos que encarnan el ‘amor loco de Dios’, como lo señala Evdoquimov.

Parece que hemos perdido el alma ante el halago del progreso identificado con el bienestar, la industrialización y el comercio, metódicos y descarnados.

Nos falta el carácter festivo e imaginativo de los niños, su fantasía, su creatividad, su imaginación y alma bullanguera.

La fuerza dinamizadora y transformadora, se encuentra en el Acontecimiento de Salvación, Jesús Nuestro Señor. El necesita testigos vivientes y fidedignos que lo confiesen y lo vivan en el Espíritu Santo, Vivificador y el verdadero dinamismo de la Iglesia.

Hay mucha palabrería y discursos políticos que cosechan aplausos, pero que ignoran las lágrimas de los que sufren o padecen enfermedades que no pueden ser atendidas por la ineficacia e ineptitud del mundo de los políticos corruptos y corruptores; se vive la vida como rapiña, sin importar el pobre y el desvalido.

El Señor Jesús, nos invita a ser ‘sal’ y ‘luz’ para evitar la propia corrupción y las tinieblas de muerte, por la ambición, el éxito fácil y destructor.

La Civilización digna de este nombre y que pervivirá más allá de los siglos, porque Dios en Jesús ha sembrado su semilla en nuestra vida, será la Civilización del Corazón que es la verdadera y permanente Civilización del Amor.

 
Image by Andrea Corsi from Pixabay


 

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