Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.

Jesús Nuestro Señor, no viene a abolir la Ley dada por Dios a Moisés, en el Monte Sinaí. Ella está dentro de la perspectiva de la Revelación progresiva, hasta alcanzar su plenitud. ‘Se dijo a los antiguos… pero yo les digo’ (cf Mt 5, 17-37). De un planteamiento de justicia, pasa a una determinación absoluta del Amor. No basta cumplir solo con los mandamientos, sino el cumplimento de su Ley que es la Ley del amor: amar como él ha amado, es decir, amar al Padre Dios y a los hermanos los humanos, como él nos ha amado, hasta dar la misma vida en el altar de la Cruz.

En este ambiente enrarecido de sofismas, de mentiras, de traiciones y de muerte, nos invita por su Palabra y su Ley, a superar la falta de respeto al adversario. La vida pública, de aquellos que tienen autoridad, ha contaminado a las familias, a los parientes e incluso a los amigos.

Tenemos la urgente necesidad de grandes políticos que no tengan necesidad de humillar a los adversarios; basta exponer con pulcritud sus ideas y llevarlas a feliz cumplimiento. No se trata de dar la razón a los adversarios, sino de respetarlos, e incluso de amarlos.

Nos parece que la Ley evangélica, es ‘dura lex, sed lex’, -es dura ley pero es la Ley de Jesús.

Pero no actuamos solos, sino el Espíritu del Señor, nos da su gracia; ‘te basta mi gracia’. Gracia que es don gratuito que hace posible ese cumplimiento exigido por Jesús. El Espíritu Santo es el dinamismo interior que nos lleva a vivir las bienaventuranzas y, a modo divino, sus dones, de ciencia, entendimiento, sabiduría, fortaleza…

Así podremos experimentar que la Ley del Señor, imperada por el Amor del Espíritu Santo, nos lleva a la verdadera libertad de los hijos de Dios, lejos de la esclavitud de las pasiones y de las reacciones instintivas.

El cumplir la Ley de Jesús, es seguir a Jesús, es ser su discípulo; se experimenta su compañía y su presencia alentadora, principalmente sentida en la oración y en la recepción gozosa de los sacramentos, como el sacramento del perdón y el sacramento de su presencia eucarística; ésta nos lleva a vivir esa Alianza de Comunión, en un solo ser, en una vida, en una historia con él y en él, con ‘inteligencia sentiente, voluntad sentiente y afecto sentiente’, de Xavier Zubiri.

 
Imagen de István Kis en Pixabay


 

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