Por P. Fernando Pascual

Existe el peligro de pensar en la avaricia como el pecado de algunos pocos, los ricos (y otros que actúan como ellos), que se apegan patológicamente a su dinero o a los bienes materiales. En realidad, la avaricia puede llegarnos a todos, revestida de prudencia, o de buena administración, o incluso de sano aprovechamiento del dinero.

La avaricia es un pecado que nos ata a lo material, sin excluir esa nueva dimensión que surge en lo electrónico y en lo “virtual” (que depende también de lo material). Nos preocupamos por el dinero, o por la ropa, o por la comida, o por la batería del móvil, o por la actualización de la computadora.

Una sana prudencia nos recuerda la importancia de los bienes materiales: necesitamos comer, vestirnos, movernos en la ciudad, comunicarnos con familiares y amigos. Pero esa importancia no tiene que sofocarnos ni convertirse en una obsesión destructiva.

Al explicar los daños que provoca la avaricia, un sacerdote romano (don Fabio Rosini) notaba cómo ese vicio nos engaña sutilmente con la idea de que toda posesión sería imprescindible, cuando en realidad necesitamos mucho menos de lo que tenemos y de lo que deseamos tener.

Al mismo tiempo, ese sacerdote invitaba a luchar contra la avaricia, en una batalla difícil, pues este pecado “tiene que ver con los primeros miedos, los del niño, el miedo al abandono, a la incertidumbre”, lo cual va contra ese amor a nosotros mismos que tenemos tan arraigado (Fabio Rosini, El arte del buen combate. La libertad interior y los ocho pensamientos malignos, p. 171).

La avaricia empieza a ser derrotada cuando confiamos en Dios y nos ponemos en sus manos, seguros de que si tenemos a Dios el futuro ante nosotros será bueno. Ello nos dará una gran libertad interior y nos permitirá mejorar nuestras relaciones con Dios y con quienes están a nuestro lado.

Nos ayudará mucho, en el combate contra la avaricia, recordar que “los únicos bienes que posees verdaderamente son los que regalas. Sin embargo los que no consigues dar no los posees, porque son ellos los que te poseen” (Idem, p. 181).

En otras palabras, “el centro de todo el combate contra la avaricia, el corazón del distanciamiento es una sabiduría: la memoria de la paternidad de Dios. El distanciamiento es una experiencia de Providencia” (Idem, p. 183).

 

(Para profundizar en el tema de la avaricia ayuda la lectura del libro usado para estas líneas: Fabio Rosini, El arte del buen combate. La libertad interior y los ocho pensamientos malignos, Cristiandad, Madrid 2023, pp. 157-191).

 
Imagen de Frantisek Krejci en Pixabay


 

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