Por P. Fernando Pascual

La lucha contra la droga se libra en muchos ámbitos: familia, escuela, clubs recreativos, espectáculos, lugares de agregación, lecturas, Internet.

En esa lucha el objetivo central sigue siendo la persona concreta, normalmente un adolescente o un joven, sin olvidar a los adultos.

Esa persona concreta puede “inmunizarse” casi por completo del peligro de la drogadicción desde una “prevención general” que implica todo un cambio de mentalidad.

¿En qué consiste esa prevención? En promover una cultura y una educación que aparte de los peligros del materialismo, del hedonismo y del individualismo, y promueva virtudes e ideales que lleven a las personas a buscar el amor verdadero y el servicio solidario.

La propuesta puede parecer difícil, sobre todo en sociedades en las que no pocos adultos piensan y actúan desde principios materialistas y hedonistas. Muchos niños, en casa y en otros ambientes, respiran un aire enrarecido que poco a poco los corrompe y los ata a la búsqueda del placer inmediato.

Pero la propuesta es realizable, como lo muestran tantos hogares donde se vive una mentalidad diferente, que da importancia a los valores del espíritu, a la fe en Dios, a los principios del Evangelio, a una sana disciplina, a la honestidad y a la justicia.

Es cierto que en hogares que buscan vivir en serio el Evangelio, algún hijo sucumbe bajo el engaño de la droga. Pero cuando un hijo ha asimilado la fe y ha aprendido a vivir según buenos ideales, tendrá recursos eficaces para resistir a la seducción de la droga.

Millones de familias experimentan un sufrimiento indescriptible cuando uno de sus miembros sucumbe a la drogadicción (o al alcoholismo, o a dependencias de diverso tipo). Esas familias necesitan ayuda y esperanza para acompañar a seres queridos que han quedado atrapados por sustancias o comportamientos que los destruyen.

Para evitar que un familiar o amigo sucumba a la trampa de las drogas, hace falta emprender un auténtico cambio cultural, que deje a un lado la “lógica del tener” para escoger la “lógica del ser”, y que permita descubrir la dignidad de cada persona humana y su vocación hacia el encuentro con Dios y con los hermanos.

(Estas líneas se inspiran en las reflexiones de L. Ciccone, Bioética. Historia. Principios. Cuestiones, Palabra, Madrid 2003, pp. 359-360).

 


 

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