Un gesto para ser comprendido, no solo contemplado. A partir del 22 de febrero de 2026, en el marco del octavo centenario de la Pascua de San Francisco de Asís, la Iglesia realizó un gesto tan inusual como profundamente elocuente: la presentación pública de sus restos mortales.
No es un acto que pase desapercibido, no puede ni debe hacerlo, este gesto suscita preguntas legítimas, incluso necesarias:
¿Es correcto exponer el cuerpo de un santo?
¿Es realmente necesario?
¿Qué sentido profundo tiene hoy, después de ochocientos años?
Estas preguntas no solo son comprensibles, son bienvenidas; porque este gesto no busca miradas superficiales, sino corazones dispuestos a comprender. No se presume un cuerpo: se venera una vida entregada
La Iglesia no expone un cuerpo como quien muestra un objeto, ni para provocar emociones pasajeras. En la fe cristiana, el cuerpo nunca está separado de la persona: es el lugar concreto donde una vida fue vivida, amada, ofrecida.
Por eso, lo que se presenta no es “lo que queda” de Francisco, sino lo que su vida sigue proclamando. El cuerpo de San Francisco no se muestra por curiosidad, sino como testimonio silencioso; no habla de muerte, habla de fidelidad; no grita, pero interpela. Un cuerpo que vivió el Evangelio hasta las últimas consecuencias
Francisco no dejó grandes tratados teológicos. No escribió libros sistemáticos, pero escribió el Evangelio con su propia existencia.
Su cuerpo conserva las huellas de una vida pobre, desgastada por el servicio, marcada por la enfermedad, atravesada por el amor radical a Cristo, hasta el don extremo de los estigmas. Contemplarlo es recordar una verdad esencial: el Evangelio no es una idea abstracta, es una vida que puede tomar carne en una persona concreta. Ese cuerpo proclama sin palabras: el Evangelio es posible; puede vivirse hasta el final.
No es un acontecimiento aislado, sino un camino espiritual, esta exposición no es un gesto improvisado ni espectacular. No responde a la lógica del evento, sino a la del peregrinaje.
Está inserta en un camino de oración, escucha y discernimiento, acompañado por los frailes. A este encuentro no se llega como espectadores, sino como peregrinos del sentido. No se trata de “ver un cuerpo”, sino de dejar que una vida nos cuestione profundamente.
Un signo profético para nuestro tiempo
En una época que huye de la fragilidad, del sufrimiento y de la muerte, el cuerpo de San Francisco se alza como una provocación evangélica.
– Recuerda que una vida entregada no se pierde.
– Que la fragilidad no es un fracaso.
-Que el amor donado da fruto incluso más allá de la muerte.
No celebra el final, celebra la vida que brota del don total del sí. Es una señal silenciosa, pero poderosa, que nos lanza preguntas inevitables:
¿Qué estoy haciendo con mi vida?
¿Para quién la estoy viviendo?
¿A quién la estoy donando?
El verdadero valor de este gesto
El sentido profundo de esta exposición no está en el gesto en sí, sino en la mirada con la que nos colocamos ante él, ante el cuerpo de San Francisco no estamos llamados a detenernos, sino a recomenzar:
– Hacia el Evangelio,
– Hacia los hermanos,
-Hacia una vida más sencilla, más verdadera, más libre.
Por eso, después de ochocientos años, podemos seguir diciendo: Francisco no es solo para ser recordado, Francisco es para ser escuchado.
Preguntas que muchos se hacen hoy
¿Por qué ahora, después de ochocientos años?
Porque el año 2026 marca un tiempo excepcional de memoria y discernimiento. La Iglesia no celebra la muerte, sino una vida entregada hasta el final, que sigue dando fruto. La exposición nace como un gesto extraordinario para un tiempo extraordinario.
¿Por qué mostrar el cuerpo y no solo recordar su mensaje?
Porque en el cristianismo el mensaje no está separado de la vida. Francisco no solo anunció el Evangelio: lo encarnó en sus elecciones, en la pobreza, en la enfermedad, en la entrega total de sí mismo. Mostrar el cuerpo es recordar que la fe se vive con todo el ser.
¿No es una forma de espectáculo?
No. Porque no busca atraer miradas, sino conducir al silencio, a la oración y a la contemplación. No se exhibe para impresionar, sino para ayudar a discernir.
¿Por qué el cuerpo es tan importante en la fe cristiana?
Porque creemos en la Encarnación: Dios se hizo carne. El cuerpo es el lugar donde el amor se vuelve concreto. Los cuerpos de los santos no se veneran por sí mismos, sino por lo que testimonian: una vida transformada por el Evangelio.
¿Existe el riesgo de quedarse solo en la devoción?
El riesgo existe, como en todo acto religioso. Por eso la exposición va acompañada de explicación, escucha y discernimiento. El objetivo no es detenerse en el cuerpo, sino dejarse interpelar por una vida que siguió a Cristo hasta el final.
¿Qué nos dice hoy el cuerpo de San Francisco?
Que la vida donada no se pierde, que la fragilidad no es inútil. Que la paz, la fraternidad y el cuidado de lo pequeño y lo creado no son utopías, sino opciones posibles.
¿A qué nos llama este gesto?
No solo a mirar, sino a recomenzar.
A preguntarnos qué de la vida de Francisco puede tomar forma en la nuestra. A redescubrir que el Evangelio no exige gestos extraordinarios, sino fidelidad cotidiana vivida con amor.
Es una invitación a detenerse, a escuchar, a dejarse cuestionar por una vida que vivió el Evangelio hasta el extremo. No se trata de mirar un cuerpo, se trata de escuchar una vida que aún hoy sigue hablando.
Texto e imagen publicado en facebook.com/basilicadenuestrasenoradelpueblito





