Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro
Los Diez Mandamientos de la Ley de Dios, promulgados en el monte Sinaí y conocidos también como el Decálogo de Moisés, han resistido el embate de al menos unos cuatro mil años, y han servido a la humanidad para subsistir hasta hoy.
Sin embargo, para muchos modernos, parecen necesitar al menos de una afinada o adaptación a las exigencias actuales, comenzando por el lenguaje, el tono imperativo y la carga social y moral que le ha impuesto la llamada modernidad, por ejemplo, con los derechos humanos. Y éstos, como lo exige el nombre, depende de las distintas “antropologías” o concepciones que se tengan del hombre y su contexto, asunto éste de gran volatilidad.
De tarea tan grave se ha ocupado la Pontificia Comisión Bíblica con el estudio “Biblia y Moral”, prologada el 11 de mayo de 2008 por el entonces su presidente el cardenal William Levada. Lleva como subtítulo “Raíces Bíblicas del actuar cristiano”.
Podemos sintetizar así “los aparentes inconvenientes” que allí se recogen, dado el carácter exterior y comunitario y la formulación prevalentemente negativa de su formulación de la ética primitiva israelita:
1° El hombre moderno, basado en la psicología, insiste en el obrar interno, aún inconsciente, y en deseos y motivos oscuros difíciles de controlar.
2° El hombre moderno, sin negar su compromiso con la colectividad, tiende a reaccionar contra los imperativos de una globalización ilimitada.
3° El hombre moderno manifiesta cada vez más una especie de alergia contra toda prohibición, pues las ve como ataque a su libertad.
El documento pontificio analiza con agudeza estos “inconvenientes” y pasa a ofrecer su propuesta de una actualización del Decálogo, que “traduce en Valores los Preceptos”, e introduce cada formulación con un “verbo”, de modo que imprime dinamismo a la letra y al conjunto, “pues cada uno de estos valores implica en el hombre una tarea moral que dura toda la vida”.
Valores permanentes del decálogo
Tres valores verticales, que miran a las relaciones de la persona humana con Dios:
1°. Rendirle culto al único Absoluto.
2°. Respetar la presencia y la actividad de Dios en el mundo: lo que el “Nombre” simboliza.
3°. Valorar la dimensión sagrada del tiempo.
Siete valores horizontales, referentes a las relaciones entre las personas:
1°. Honrar a la familia.
2°. Promover el derecho a la vida.
3°. Mantener la unión entre la pareja marido y mujer.
4°. Defender el derecho de cada uno a ver su propia libertad y dignidad respetada por todos.
5. Preservar la buena fama de los demás.
6. Respetar a las personas: que pertenecen a una casa, una familia, una empresa.
7. Dejar al otro sus propiedades materiales.
Aquí se ofrece a la humanidad una base legal y moral persistente y fecunda. Abre el camino a una moral liberadora. Como, de facto, no se observa la escala de valores, sino que se invierte: primero el hombre después Dios, los bienes materiales antes que la persona, “este sistema está quebrado desde el principio y destinado pronto o tarde a la ruina”.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 8 de febrero de 2026 No. 1596





