Por José Luis Oliva
Una querida amiga, católica practicante desde hace más de sesenta años, me preguntó con sinceridad:
—Tu, que te dedicas a esto ¿No te da miedo la Inteligencia Artificial?
Mi respuesta fue simple:
—Me da más miedo la estupidez humana.
La tecnología no es el problema principal. El riesgo real aparece cuando dejamos de pensar por nosotros mismos. Hoy muchas personas usan la IA para que haga el trabajo mental desde el inicio: preguntan, reciben la respuesta y luego apenas ajustan detalles. Ese orden debilita la mente. El proceso correcto es el inverso: primero el humano reflexiona, redacta, estructura… y después la IA potencia ese trabajo. La IA fortalece a quien piensa; debilita a quien delega su pensamiento a la IA.
La máquina que domina las palabras
En 2017, ocho ingenieros de Google publicaron un artículo de 8 páginas, aparentemente modesto, titulado Attention Is All You Need en la 31ª Conferencia Anual de Neural Information Processing, dado el escaso interés de Google mismo en sus esfuerzos. En dicha investigación presentaron el modelo Transformer, base de casi todas las IAs actuales: ChatGPT, Claude, Grok, Llama, DeepSeek y muchas más.
Estas IAs dominan el universo del lenguaje con una velocidad y una amplitud imposibles para cualquier persona. Pueden producir análisis teológicos, financieros, filosóficos o científicos en segundos. Pero generar texto no es lo mismo que pensar. Es un procesamiento estadístico de palabras, no experiencia vivida, no conciencia, no emoción.
Texto, fe y conciencia
Nuestra tradición espiritual lo deja claro: los textos sagrados son fundamentales, pero no bastan por sí solos. Comprender intelectualmente un pasaje del Evangelio de Marcos puede ser útil, pero la fe se forma cuando esa comprensión se mezcla con vivencias, emociones y decisiones personales.
Una IA puede ofrecer una reflexión brillante sobre el Evangelio de San Marcos sobre el miedo y la falta de fe de los apóstoles (6:52, 8:17-21 y 14:50), pero eso no tiene emociones, ni experiencia espiritual y mucho menos fe. Es lenguaje bien organizado. El peligro surge cuando confundimos fluidez verbal con sabiduría real y todavía más grave: esa reflexión brillante, no la criticamos, ni la analizamos seriamente, le damos “copy&paste” y se envía o se imprime.
Por eso, el orden importa: primero pensar, vivir, escribir… después usar la IA para enriquecer. Hacerlo al revés nos ahorra esfuerzo (pensar es la actividad de nuestro cuerpo que más calorías gasta, por eso es natural que evitemos pensar), sí, pero también nos atrofia. En la era de la Inteligencia Artificial, la responsabilidad humana no disminuye: aumenta. Porque la mayor amenaza no es que las máquinas piensen como humanos, sino que los humanos dejen de pensar por sí mismos, que piensen poco, que piensen mal, que no sepan pensar.
El autor es José Luis Oliva Posada, Ingeniero especializado en implementación de software empresarial de misión crítica. Fue becario CONACYT para las maestrías de Base de Datos e Inteligencia Artificial en 1998. Es PMP certificado por el PMI.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 15 de febrero de 2026 No. 1597





