Por P. Fernando Pascual
Estas líneas presentan las ideas que se ofrecen en un libro reciente, publicado primero en inglés (2022) y luego en español. Los datos del libro son los siguientes: Abigail Favale, La génesis del género. Una teoría cristiana, traducción del original inglés The Genesis of Gender: A Christian Theory (2022) por Luz Karina Barba de Parra, Rialp, Madrid 2024, 274 pp.
En el desarrollo del feminismo, que se ha caracterizado por diversas olas o etapas, la teoría del género ocupa un lugar destacado en las últimas décadas. Abigail Favale, profesora de la Universidad Notre Dame (Estados Unidos), ha enseñado durante años esa teoría, primero con una perspectiva favorable, luego con críticas de importancia, sobre todo a raíz de su conversión al catolicismo, que le ha permitido promover un feminismo desde la visión católica.
Con este volumen, Favale entra de lleno en los debates sobre el género de un modo no solo teórico, sino también vivencial, al presentar su trayectoria personal y académica frente a esta temática. El texto está organizado en nueve capítulos o secciones, cada uno de ellos titulado con palabras clave. El primer capítulo se titula «Hereje», y ofrece una especie de biografía intelectual de la Autora, primero como estudiante, luego como profesora, al mismo tiempo que narra varios encuentros que resultaron clave para su trayectoria personal, con sus diferentes etapas u olas. En concreto, recuerda cómo presentaba la teoría de género a sus estudiantes de modo favorable, hasta que tuvo que reconocer algunos puntos críticos, lo que le hizo darse cuenta de que durante mucho tiempo había «estado dando de beber veneno a mis estudiantes» (p. 14). Cuando decidió abandonar esa teoría y entró en un camino de conversión, no tenía claro hacia dónde dirigirse. Su camino fue largo, a través de diversas oleadas de ideas, muchas de ellas atrapadas en la visión posmoderna. Pero algo pudo salvar a Favale: su interés por el tema de la encarnación (p. 29). Al final de este capítulo se indica claramente el fin del volumen: explicar cómo surge el paradigma de género, y compararlo con el paradigma cristiano (p. 34).
El segundo capítulo («Cosmos») ofrece una lectura sugestiva de la visión cristiana sobre el hombre y la mujer, basada sobre todo en los dos primeros capítulos del Génesis, a los que se añade el famoso texto de Mateo 19,4-6 (que habla del proyecto inicial sobre el matrimonio). Favale nota, por ejemplo, cómo ninguna creatura viviente no humana es suficiente para alegrar a Adán, que solo encuentra su plenitud en la unión con quien, desde la complementariedad sexual, abre dos horizontes centrales: el de la comunión y el de la procreación (p. 46). O también se fija, con la ayuda de Edith Stein, en el detalle de que la mujer hubiera sido la primera tentada, mientras que en la Anunciación sería otra mujer, María, la primera en abrir el mundo a la salvación; ello muestra que la mujer, con su asentimiento, «tiene el poder de moldear y remodelar a la humanidad» (p. 51, cf. p. 57).
Con el título «Olas», el tercer capítulo presenta las que serían cuatro oleadas o fases del feminismo, con sus características y sus cronologías, si bien en la actualidad existiría una situación compleja con diferentes ideas y matices. De modo especial, lo que podría ser denominada como cuarta ola destacaría por rechazar la idea de que ser mujer coincida con la mujer biológica (p. 67). En ese sentido, las ideas de Simone de Beauvoir ya habrían colocado a la mujer «en guerra consigo misma, con su realidad encarnada» (p. 73), lo cual la arrojaría a un esfuerzo continuo por alcanzar el ideal masculino, centrado en el trabajo y la producción, mientras se alejaría de aspectos naturales femeninos como el embarazo y la lactancia (pp. 73-74, cf. también p. 127 en otro capítulo). Ello explica en parte la amplia difusión de la cultura anticonceptiva, orientada al «control» (ese es el título del capítulo cuarto) de la fecundidad. Esa cultura fue promovida con fuerza por Margaret Sanger, que llegó a presentar lo que sería la función normal de la mujer como algo patológico, «como una enfermedad peligrosa que necesita ser tratada y controlada» (p. 103). En parte ello se ha plasmado en nuestros días gracias a la difusión de ciertas definiciones de la «salud reproductiva». Pero como la contracepción no funciona con una eficacia absoluta, pronto se empezó a promover el aborto como una especie de solución de emergencia (p. 116). En el fondo de todo este proceso, hay un deseo de alcanzar, como ya dijimos, un ideal de masculinidad para la mujer, que va contra su identidad propia, mientras se desarrolla una idea paralela y en sentido contrario: considerar que basta con parecer mujer (sin serlo biológicamente) para llegar a la identidad femenina (pp. 127-129).
«Sexo» y «Género» son los temas abordados en los capítulos quinto y sexto (que llevan respectivamente esas palabras como título), para explicar cómo han cambiado los significados de estos términos y para buscar anclarlos nuevamente en la realidad (p. 133). Favale expone un modo sencillo de comprender lo que significa ser mujer desde una perspectiva esencialista (perspectiva denostada, a veces de modo poco argumentado, por buena parte del pensamiento actual), y critica prejuicios como el de quienes defienden, sin darse cuenta de la contradicción, de que la orientación sexual es innata mientras que el sexo biológico sería una asignación social impuesta desde fuera (pp. 139-140, 166-169). La Autora responde a tales prejuicios analizando cómo «el cuerpo humano está ordenado teleológicamente de acuerdo con nuestro papel distintivo en la reproducción de la especie» (p. 141); además, subraya, frente a quienes no ofrecen una buena interpretación de lo que es denominado como intersexualidad, el fundamento de la diferenciación sexual en el conjunto de la persona, con especial atención a la producción de gametos, base de la existencia del sexo biológico (pp. 142-148). Las últimas páginas dedicadas al tema del sexo ofrecen un breve resumen de la perspectiva cristiana, perspectiva holística que integra lo biológico en lo personal, y que implica una visión sacramental del cuerpo humano (pp. 154-158).
Como ya anticipado, el capítulo sexto busca comprender cómo se ha desarrollado la nueva manera de ver el género, cada vez más desligado del sexo, sobre todo a causa de la cultura anticonceptiva, que separó el sexo de la procreación y permitió que el sexo pudiera ser algo a merced de la voluntad de cada uno, también en la búsqueda del placer, como expresa la fórmula de Michel Foucault «cuerpos y placeres» (pp. 162-164). Una vez que el sexo quedó desdibujado y dejó de ser una dimensión biológica, la sexualidad empezó a ser vista como algo no referido «a la masculinidad o feminidad, sino al gusto y la expresión de los deseos eróticos» (p. 164). El sexo, destronado, fue sustituido por el género… Este cambio de perspectiva permitió que el género se separase del sexo y, así, pudiera ser comprendido de modo cambiante: «A diferencia del sexo, el “género” puede ser continuamente alterado y redistribuido, y estamos presenciando en tiempo real la proliferación salvaje de su significado» (p. 169). La Autora muestra cómo existen giros y giros para definir género, incluso con circularidades donde lo definido entra en la definición, de un modo confuso que deja perplejo a quien busque un poco de claridad y lógica (pp. 172-175). Además, se ha desarrollado en nuestros días una especie de narrativa según la cual uno sería lo que siente, algo que se aplica, entre otros ámbitos, a los niños cuando se identifican con roles típicos del otro sexo. Ello evidencia cómo pensar el género desligado del sexo lleva a acoger estereotipos que el feminismo había rechazado, y así ocurre que, «cuando una niña reconoce que no encaja en los estereotipos, ahora se le invita a cuestionar su sexo en lugar del estereotipo» (p. 179).
El capítulo séptimo (titulado «Engaño») presenta otras facetas de la situación actual. Inicia con dos mitos antiguos en los que se expresa el deseo de las protagonistas de convertirse en hombres, para luego señalar cómo esos mitos hoy pueden ser hechos realidad, algo bien visible con el fuerte aumento de peticiones de quienes, niños, adolescentes y jóvenes, piden un cambio de género. Para Favale, ese aumento se explicaría por la difusión de teorías de género, y no al revés (p. 190). Al mismo tiempo, ciertas tendencias culturales han llevado a las mujeres a reacciones, conscientes o inconscientes, de resistencia, por ejemplo, con neurosis o anorexia. En cierto sentido, la hipersexualización podría explicar el aumento de la disforia de género (pp. 191-196). Ya que resulta erróneo reaccionar contra la hipersexualización con un esfuerzo por luchar contra el propio cuerpo femenino, se propone como alternativa aprender «a ver la belleza y la dignidad de una mujer en medio de una cultura que la niega» (p. 196). El capítulo séptimo expone, además, los riesgos de acciones contra el propio cuerpo, especialmente cuando se recurre a hormonas para masculinizarse o para el bloqueo de la adolescencia (pp. 203-215).
En cierto modo, ese tema continúa en el capítulo siguiente, titulado «Integridad», que presenta inicialmente el error de ofrecer en seguida acciones médicas a sufrimientos psíquicos que merecen un análisis amplio, abierto a alternativas que no incluyan acciones contra la integridad física (pp. 220-225). Frente a esas intervenciones, la Autora sostiene la importancia de asumir la propia realidad y reconocer el cuerpo como parte de uno mismo, en una visión holística que supere los errores de la visión dualística (pp. 225-229). Ello implica abrirse a la verdad, aunque a veces vaya en contra de los deseos de quien se siente según un género que no corresponde a su propio cuerpo. El abrirse a la verdad puede ser visto como contrario al amor, pero en realidad el amor sin verdad no sería verdadero amor, y una verdad sin amor sería una falsa verdad, y ello vale de modo concreto para todo lo que se refiere a la hora de encontrarnos con personas que no se identifican con su cuerpo (pp. 229-245).
El último capítulo lleva como título «Don». Arranca a partir de la historia de Daisy Chadra y sus inquietudes sobre la propia identidad (de niña deseaba ser niño), sobre la transición y sobre la destransición, para luego volver sobre temas presentados en el capítulo primero, en búsqueda de un paradigma holístico que integre al ser humano en sus diversas dimensiones, también por lo que se refiere a lo recibido, a lo natural, que incluye el propio cuerpo, como explica bellamente un texto del Papa Francisco de Laudato si’ reproducido en la p. 261. Por ello, resulta urgente reconocer el cuerpo como don, y ver cómo desde ese don nos situamos en el mundo, en relación continua con otros seres humanos y con la creación entera (pp. 261-263).
Favale resume la situación a la que hemos llegado con ideas ya expuestas a lo largo de la obra, y señala cómo la teoría de género «se desarrolló en un contexto filosófico que niega explícitamente la metafísica, poniendo el énfasis en “hacer el género” (y deshacer el género, y rehacer el género). En este paradigma, incluso plantear la cuestión del ser es un pecado mortal» (p. 266). Como alternativa, el paradigma cristiano considera el sexo de otra manera, con ayuda de la visión sacramental y de la noción de símbolo. Las últimas páginas del capítulo usan esta noción y permiten comprender el significado del ser varón y del ser mujer en el contexto de las relaciones que podemos establecer con Dios y entre nosotros, sobre todo cuando cada uno aprende a recibir su existencia y todo lo que la rodea (y que no hemos elegido) como un don (pp. 270-271).
El libro termina con los agradecimientos. No se ofrece un índice de nombres ni la bibliografía. El conjunto resulta sumamente estimulante para abordar un tema, la teoría de género, en sus dimensiones teóricas y culturales, y en sus concreciones biográficas (con experiencias concretas que «encarnan» las ideas y dan rostro a experiencias y sufrimientos de miles de personas afectadas, de maneras diferentes, por la disconformidad con el propio cuerpo). Al mismo tiempo, se percibe un esfuerzo sincero por evitar anatemas o condenas, sin renunciar a la verdad, pues, como ya vimos, unir verdad y amor permite acercarnos a las personas en su camino concreto, para ayudarlas a descubrir un designio divino que implica integrar la dimensión sexual propia de toda existencia humana.





