Por P. Fernando Pascual

Nuestra imaginación y nuestra mente empiezan a pensar lo que puede ocurrir si llegamos a la estación y el tren se retrasa, o si encontramos a esa persona que nos reprochará algo del pasado, o si un familiar nos criticará sin que comprendamos todavía qué es lo que pretende.

A través de pensamientos como los anteriores quisiéramos estar prevenidos ante tantas cosas que pueden ocurrirnos durante el día. Elaboramos anticipaciones que, esperamos, nos ayuden a recibir golpes y a reaccionar ante imprevistos que ya habíamos imaginado.

Normalmente esas anticipaciones no llegan a concretarse. El tren llega a tiempo, no encontramos a esa persona, ni el familiar lanza esos comentarios que tanto temíamos y que, gracias a Dios, no han salido de sus labios en la última reunión en casa de los abuelos.

Suele ocurrir que algunas anticipaciones generan en nosotros miedos, o angustias, o simplemente pérdida de tiempo y de energías interiores. Con lo que hemos imaginado y temido, podemos desperdiciar un presente que está ahora en nuestras manos y que, vivido en plenitud, nos ayudaría para una vida bien orientada.

Además, las anticipaciones nunca son suficiente para prevenir todos los eventos que el futuro encierra entre sus misteriosas tinieblas. Como dice el refrán, cuando menos lo imaginamos, salta la liebre, y la vida nos sorprende con algo que no habíamos anticipado.

Nuestra existencia transcurre entre horas de monotonía, donde todo ocurre como siempre, y momentos de sorpresa y cambio, que tal vez nos inquietan, pero que podemos afrontar serenamente con una sana prudencia y con un deseo sincero de buscar el bien en todo lo que ocurra.

Habrá hechos que, gracias a nuestras anticipaciones, podremos afrontar con cierta soltura. Otros nos dejarán desubicados, y tendremos que hacer un esfuerzo especial para encajar un golpe imprevisto o un reajuste de planes que altera toda nuestra agenda.

Así es la existencia humana: llena de rutinas y de sorpresas, con momentos de paz y momentos de lucha. Si evitamos angustias ante lo que pueda ocurrir, y si vivimos a fondo lo que ahora está en nuestras manos, seremos capaces de conservar la serenidad en nuestros corazones, y de buscar siempre cómo realizar la vocación al amor a la que Dios nos invita en cada instante de nuestra vida.

 
Imagen de Fernando Prado en Pixabay


 

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