Por Cecilia Galatolo

Los niños aprenden de los adultos, pero los adultos también pueden aprender de los niños. Si los pequeños necesitan modelos educativos sólidos para formar virtuosamente su carácter, los mayores necesitan a los niños para rejuvenecer un corazón que a menudo se ve cargado por la vida, por las experiencias negativas y por los malos hábitos que se han convertido en vicios.

También en el ámbito de la comunicación, los niños pueden ser verdaderos maestros: en casa, en la escuela y en todos los ámbitos de la vida.

He aquí cinco lecciones de comunicación que los pequeños pueden ofrecer a los grandes.

  1. Expresa tus emociones

Si algo no va bien en la vida de un niño, se nota. Los pequeños expresan sus estados de ánimo, a menudo de manera desordenada o evidente. Lo hacen porque saben que necesitan ayuda. Los adultos, en cambio, ven la manifestación de su mundo interior como una forma de vulnerabilidad. Y así corren el riesgo de guardarse todo dentro, lo cual —como sabemos por experiencia— no hace bien. Aprendamos de los niños el arte de expresar lo que nos atraviesa, procurando hacerlo con personas de confianza.

  1. Sé sincero, pero con tacto para no herir

No todos los niños son igual de comunicativos, pero en general son transparentes y van aprendiendo poco a poco a poner los filtros que la convivencia en sociedad requiere. El adulto, precisamente porque ha aprendido a poner filtros, ve en la transparencia un peligro para sus relaciones. Claro está: no se puede decir todo lo que se piensa, de cualquier manera y en cualquier momento. La verdad también necesita, muchas veces, gradualidad, canales adecuados y buena educación. El adulto sabe que existen límites y reglas no escritas para proteger las relaciones. Pero de los niños podemos recuperar una disposición profunda hacia la verdad y la autenticidad. Su sinceridad nos enseña que no debemos renunciar a ser nosotros mismos solo por querer agradar siempre a los demás.

  1. Da buen ejemplo si quieres que te tomen en serio

Un adulto que no hace lo que dice o que se contradice al imponer reglas deja de merecer la confianza de los demás.

Los niños son maestros en detectar incoherencias y en señalar cuando alguien mayor no practica primero lo que enseña. Esto ocurre porque el niño, que necesita límites y reglas, busca en el adulto un camino seguro: está atento, incluso cuando parece que no lo está. Si haces lo que dices, el niño aprende a confiar en ti y a seguirte. Si no, dejarás de ser creíble y dejará de verte como una guía.

  1. Se puede llorar: las lágrimas no son enemigas

Los niños lloran con naturalidad. Cuando un adulto llora, en cambio, ese gesto se considera signo de debilidad. Un adulto nunca llora en público, a diferencia de los niños.

Las lágrimas no son enemigas: son la medida de nuestra humanidad. Si ya no sabemos llorar, tal vez hayamos dejado de sentir tanto la alegría como el dolor. Tal vez estemos anestesiados. Los niños nos recuerdan el valor de las lágrimas y nos enseñan a no temerlas.

  1. Los niños discuten y hacen las paces en el mismo minuto

Los niños no tienen nuestras estructuras mentales complicadas. Para ellos, discutir, no entenderse, enojarse y reconciliarse son aspectos naturales que coexisten en una relación. Vemos a los niños pelear y reconciliarse en cuestión de segundos. Es evidente: los pequeños tienen problemas pequeños; los grandes, problemas grandes. Pero de los niños podemos aprender una actitud: no dejar de ver al otro como un amigo solo porque, en una circunstancia concreta, nos ha decepcionado o no está de acuerdo con nosotros. De los niños podemos aprender a ver al otro —y la relación con él— como una riqueza, independientemente de las diferencias. Si este es nuestro modo de mirar, buscaremos soluciones que no eliminen a las personas de nuestro camino, sino los obstáculos que nos separan de ellas.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 15 de marzo de 2026 No. 1601

 


 

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