Por P. Fernando Pascual

Dos personas dialogan en un medio público. Una afirma, de modo audible para quienes están cerca, algo sorprendente: “Pues hace dos años compré unos zapatos que me costaron 200 dólares, y nunca los he usado”.

Puede ser que el comentario no refleje un caso extraordinario: quizá muchos han realizado compras de objetos que luego no han usado por años (o incluso nunca).

Comprar algo que no usamos implica gastar dinero que podríamos haber destinado a ropa, o aparatos, o muebles, que sí resultan necesarios para uno mismo y para la familia, y que por ello empezamos a usar casi de inmediato.

Implica también dedicar dinero en algo inútil cuando podríamos haber usado esa cantidad para ayudar a tantas personas que esperan apoyo, por ejemplo, a través de organizaciones dedicadas a la caridad o al desarrollo.

Es importante aprender a comprar lo que realmente sirve. De ese modo, el dinero se empleará para su fin natural: ayudarnos a desarrollar una vida sana y orientada al bien común.

Resulta oportuno recordar otra situación parecida: la que ocurre cuando compramos objetos que sí usamos, pero que realmente no son necesarios. Ello implica, de modo parecido al caso anterior, un cierto desperdicio de dinero y una desorientación en el buen uso de nuestro tiempo.

La vida humana es un don maravilloso que avanza y se construye entre miles de opciones, algunas buenas, otras malas, y otras que no sabemos calificar de modo preciso.

En el tema de las compras, lo importante es pensar bien cuáles son nuestras necesidades reales, cómo cubrirlas con la compra de bienes útiles, y cómo poder destinar ciertas cantidades de dinero a la caridad y al apoyo de los más necesitados.

De este modo, no tendremos que reconocer con pena que tenemos en algún armario objetos que nunca hemos usado, sino que aprendimos a usar el dinero para aquello que nos permita vivir mejor en el presente y que nos abre al encuentro con Dios en la vida futura.

 
Imagen de Kasjan Farbisz en Pixabay


 

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