Por P. Fernando Pascual
El esfuerzo por “controlar la historia” lleva a promover narraciones sesgadas, incompletas, ideologizadas, para exaltar a unos y denigrar a otros.
Así, los vencedores de las guerras suelen ocultar los crímenes de sus tropas para denunciar, a veces incluso inventar, los crímenes de los enemigos.
O grupos políticos, al llegar al poder, denigran todo lo que hayan hecho en el pasado los “adversarios”, mientras exaltan las bondades del propio partido, como si todos sus miembros fueran casi perfectos.
O grupos de intelectuales y de profesores aspiran a construir relatos según sus propias ideas, al seleccionar los temas declarados como importantes, al marginar los argumentos considerados por ellos como irrelevantes, y al promover ciertos libros al mismo tiempo que impiden la publicación o la venta de libros con tesis diferentes.
Los esfuerzos por controlar la historia tienen, sin embargo, su talón de Aquiles: los hechos siempre son hechos, y nunca pueden borrarse por completo. Es cierto que a veces se queman documentos, o se silencia a quienes narran verdades que duelen; pero lo ocurrido, aunque sea ocultado por décadas, queda ahí, en la compleja marcha de la historia humana.
La verdad histórica, por desgracia, puede quedar olvidada por siglos. Solo se puede pensar en un juicio definitivo y completo de los hechos del pasado si existe una vida tras la muerte y un Juez completamente Justo, lo cual es atributo único de Dios.
Los hombres más honestos no son capaces de comprender en su complejidad la marcha de la historia, por más que se esfuercen por adentrarse en los hechos con una mirada equilibrada y con un deseo de confrontarse con todos los documentos.
Los hombres deshonestos y manipuladores, no solo no comprenden el pasado, sino que buscan tergiversarlo con verdades parciales, con mentiras más o menos “inteligentes”, y con un esfuerzo, en casos extremos, por censurar a quienes canten fuera de la partitura impuesta.
Pero la verdad de los hechos sigue allí. Un día, esperamos, se hará asequible a todos, especialmente a quienes han sido marginados y despreciados por narraciones históricas manipuladas, y esperan y necesitan una justicia completa, como la que se hace posible gracias a la existencia de un Dios justo y bueno.





