Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

La cualidad de “infinita” que atribuye la Iglesia a la dignidad de la persona humana, y a nadie más que a ella, hunde sus raíces en la antropología bíblica que, aunque participa de su múltiple entorno cultural, goza del privilegio de la asistencia divina o divina revelación. El texto bíblico enseña que todos los seres humanos poseen una dignidad congénita que los hace llamarse y ser “imagen y semejanza de Dios” (Gn 1, 26-27).

El peso de la expresión puede calibrarse si se considera que fabricar una imagen de Dios era de tal gravedad en Israel, que el infractor debía ser sometido a la pena de muerte. Aquí, Dios mismo crea al hombre a su propia imagen, en un acto de suprema generosidad, cosa que él y sólo él puede hacer. La humanidad posee una cualidad de tal manera propia e inimitable dentro de toda la escala creacional, que sólo la pareja humana, hombre y mujer, al amarse y comunicar la vida, pueden transmitirla a su descendencia. Esta cualidad trasciende toda posible distinción humana sexual, social, cultural y religiosa.

La Iglesia católica, portadora de la divina revelación, tiene derecho a usar su propio lenguaje, capaz de expresar el misterio que por oficio comunica. Así, el término “dignidad”, por el uso común y múltiple que de él suele hacerse, puede prestarse a malentendidos. Es necesario, por tanto, precisar que las “dignidad” de la que aquí hablamos, se especifica llamándola “ontológica”, es decir, que pertenece de manera propia y exclusiva de la persona humana que, por el mismo hecho de ser humana, se distancia de cualquier otro sentido.

No debe confundirse esta “dignidad” humana con la dignidad “moral”, que se tiene o se pierde según la conducta o comportamiento ético de una persona. Esta se puede perder por una mala conducta, y se llama entonces persona indigna o inmoral. En casos extremos de comportamiento inmoral, se suele hablar de alguien que “ha perdido la dignidad”, pero sigue teniendo la dignidad “ontológica”, su ser imagen de Dios.

También suele hablarse de dignidad “social”, según el lugar que alguien ocupa en la sociedad a la que pertenece. Así llega a hablarse de gente “de sociedad”, título evidentemente sólo externo y formal. Finalmente, podría llamarse “existencial” a la que se atribuye al grado de bienestar de que disfruta una persona cuando se habla de “vida o muerte digna”.

En este apartado, el Documento Dignidad Infinita anota que “las distinciones aquí introducidas, en todo caso, no hacen más que recordarnos el valor inalienable de esa dignidad ontológica enraizada en el ser mismo de la persona humana y que subsiste más allá de toda circunstancia” (no. 8).

Es verdad que algunos filósofos y hombres religiosos de la antigüedad llegaron a percibir una superioridad del ser humano respecto a todas las demás creaturas, pero nadie llegó a igualar la doctrina cristiana de la suprema dignidad de la persona humana, que jamás se pierde, no obstante, cualquier circunstancia moral, social, existencial adversa en que se encuentre. Todo ser humano es amado y querido por Dios por sí mismo y, por tanto, es inviolable en su dignidad. Cualquier violación redunda en ofensa al creador.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 22 de febrero de 2026 No. 1598

 


 

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