Por Rebeca Reynaud

En el Taller de El Buen Samaritano ayudan a sanar heridas y se explica que seremos rociados con el agua del Espíritu para tener los mismos sentimientos y pensamientos de Jesús. Eso nos ayuda a querer ser como Jesús.

Los dones del Espíritu Santo “son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir las inspiraciones divinas. Son siete: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios” (CCEC, n. 389). Esos siete dones que son el “motor oculto” de toda vida interior auténtica. Antonio Royo Marín dice que actúan cuando el alma ya no puede avanzar con sus propios medios.

Los dones mencionados nos equipan para la vida y para ser luz. En el Bautismo recibimos al Espíritu y sus dones, dones que no pueden marchitarse. La herencia es para siempre. Son regalos que Dios otorga a los creyentes para fortalecerlos en su vida moral y espiritual. Estos dones ayudan a vivir una vida más cercana a la Voluntad de Dios.

Un don es un regalo del Cielo, que nos da el Señor para que seamos felices y para que podamos crecer, nos ayudan a ser semejantes a Jesús y capaces de comportarnos como hijos de Dios. Sólo explicaremos tres para no alargarnos.

La fortaleza tiene dos vertientes: resistir y acometer. Convierte nuestra debilidad en fortaleza, nos ayuda a tener perseverancia y firmeza. Dios nos ha dado un espíritu de poder, de amor y de buen juicio (2 Tim 7).

La piedad nos permite conocernos, sabernos hijos de Dios, estar cerca del Padre y de nuestros hermanos. Los guiados por el Espíritu vencen el miedo y se une a nuestro espíritu para vivir mejor la filiación divina, y comprendemos que ésta es nuestra identidad.

El temor de Dios nos lleva a temer el pecado y a temer ofender a Dios, comprendemos que el pecado nos aleja de Dios y nos lleva a la muerte espiritual (cfr. Rom 6,23). Jesús plantó una buena semilla en nosotros.

Frutos del Espíritu

Son perfecciones plasmadas en nosotros como primicias de la gloria eterna. Son doce: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia y castidad (Gálatas 5, 22-23). El árbol se conoce por sus frutos. El espíritu produce esos frutos; éstos nos capacitan para vivir como Jesús: la entereza, el desprendimiento, la magnanimidad, la paz. ¿Cómo se obtienen? Primero hay que estar en estado de gracias; luego, a través de la oración diaria y la participación en la Misa dominical.

Carismas

Los carismas son dones especiales del Espíritu Santo concedidos a cada uno para el bien de los hombres, para las necesidades del mundo y, en particular para la edificación de la Iglesia, a cuyo Magisterio compete el discernimiento sobre ellos (CCEC, n.160).

Son dones sobrenaturales que Dios nos concede para el beneficio de la comunidad cristiana y de la Iglesia. Sirven para hacer el bien y para evangelizar. Los describe San Pablo en 1 Cor 12, 4-11 (dones espirituales) y 1 Cor 12, 28 (ministerios).

Dios da a algunos hablar con sabiduría, a otros da el don de conocimiento, don de curar enfermos, don de profecía, don de hacer milagros, discernimiento de espíritus, don de lenguas, interpretación de lenguas. Dios da a cada persona lo que a Él mejor le parece.

Dentro de los ministerios, Dios ha querido que haya apóstoles, profetas, maestros, los que sanan, los que administran (gobierno) y los que tienen don de lenguas.

La palabra de conocimiento es la que Dios revela para saber lo que pasa a una persona para ayudarla a rendirse a Él. Las visiones son imágenes mentales con las que Dios revela algo para la comunidad, como le sucedió a Noé, que vio en sueños la necesidad de construir el arca. Ezequiel tiene la visión de los huesos secos.

Hay tres virtudes teologales: la fe, la esperanza y el amor, pero las más importante es el amor, lo dice San Pablo en su himno a la caridad (cfr. 1 Cor 13,13).

El que tiene una palabra divina ya ha subido a la montaña. Cuando tienes una moción del Espíritu te das cuenta que es la voz de Dios.

 
Imagen de AndPan614 en Pixabay


 

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