Por Jaime Septién
En una catequesis, el Papa León XIV, al fin y al cabo, agustino, recordaba uno de los sermones del obispo de Hipona donde se señala que la caridad genera, constantemente, la presencia del Resucitado. “Quiera el cielo —decía san Agustín— que todos piensen solo en la caridad: solamente ella vence todo, y sin ella de nada vale todo lo demás; dondequiera que se halle, atrae todo hacía sí» (Serm. 354,6,6).
Me parece que este ha sido el “mensaje” de los cuatro últimos (¡magnificos!) Papas, y es el mensaje del Concilio Vaticano II: que solo el amor al prójimo salva, porque en ese acto se derriban los muros, las diferencias, las distancias… y aparece el rostro divino de Jesús.
Muchos cristianos católicos se preguntan hoy mismo: ¿cómo hacer para que la raíz de los pueblos de América, la fusión del viejo y el nuevo mundo, recuperen su dimensión cristiana, la que sembraron en México, por ejemplo, los misioneros franciscanos, dominicos, jesuitas y todas las demás órdenes que llegaron el siglo XVI? La respuesta no puede ser más sencilla: volviendo a pensar “solo en la caridad”.
Insignes nombres como Sahagún, Las Casas, Motolinia, Tata Vasco conquistaron espiritualmente a los pueblos originarios con una sola arma: “el amor que encanta”. Arma letal contra el odio. El Papa Francisco (también lo cita en su catequesis León XIV) exige que nos quitemos las sandalias ante la tierra sagrada del otro. Considerarlo como un prójimo (no como un objeto) implica entrar en el terreno de Dios.
La Iglesia católica tiene la responsabilidad de “primerear” no por su prestigio o por su número de fieles, sino por la caridad. Y cuando digo Iglesia digo tú y yo. El amor al otro revela a Jesús en la Cruz y en la Gloria. No es “rollo”. Es la verdad más profunda de la Iglesia… y de la humanidad.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 15 de marzo de 2026 No. 1601






