La inteligencia artificial ha sido tema de debate durante casi setenta años. El término se remonta a 1956. Sin embargo, en los últimos años, concretamente a partir de 2022, el interés en este campo ha crecido exponencialmente y su uso se ha generalizado en todos los aspectos de la vida humana.

Humanizar la inteligencia artificial

Si bien la inteligencia artificial conlleva ventajas y oportunidades —ya que agiliza procesos y maximiza las fuerzas de trabajo—, también entraña el riesgo de olvidar la centralidad del factor humano. En nombre de una capacidad productiva cada vez mayor, se corre el riesgo de ignorar la aportación única del ser humano, el único capaz de tomar decisiones éticas. Cuando el hombre se entrega por completo a la tecnología, corre el riesgo de convertirse en su esclavo, ya no su dueño. Corre el riesgo de perderse a sí mismo cuando —en nombre de la eficiencia y del ahorro económico— renuncia a implicarse, a ponerse en juego personalmente, con una sensibilidad puramente humana que ningún ordenador podrá jamás reproducir o sustituir.

Que el criterio económico no sea el único

Este tema lo aborda con gran competencia Patricia Ventura, doctora experta en ética de la información. Recientemente ha publicado el libro Inteligencia artificial, ética y comunicación. El factor humano en la era de la mediación algorítmica (Editorial UOC) y se ha convertido en una de las voces más autorizadas para hablar sobre la relación entre inteligencia artificial y medios desde un punto de vista ético.

La experta sostiene que hay que evitar dos peligros: el primero, dejar de reconocer los límites entre seres humanos y máquinas; el segundo, considerar las cuestiones vinculadas a la IA solo desde el punto de vista económico y productivo. No debemos olvidar que la inteligencia artificial es un producto de la inteligencia humana: sería una contradicción, un verdadero sinsentido, que el ser humano se volviera superfluo a causa de algo que él mismo creó para facilitar —y no inutilizar— su vida.

Inteligencia artificial y escuela

En el ámbito escolar y en los espacios de formación de los más jóvenes, lo que genera mayor preocupación es, sobre todo, la inteligencia artificial generativa. Existe, de hecho, una diferencia entre la IA como concepto general y la IA específicamente generativa, como ChatGPT, Gemini, Grok, Deepseek, etc., herramientas capaces de crear contenidos pertinentes (textos, imágenes) en tiempos rapidísimos.

Mientras que la inteligencia artificial, en sentido amplio, es aquella disciplina que busca simular lo más fielmente posible la inteligencia humana, la IA generativa es una aplicación que permite crear algo nuevo sin esfuerzo.

El temor principal de muchos docentes —incluso entre quienes no niegan las potencialidades de la IA— es que esa ausencia de esfuerzo, sobre todo en una etapa en la que deberían potenciarse la capacidad de análisis y el espíritu crítico, en la que deberían descubrirse y valorarse las aptitudes de los jóvenes, acabe produciendo una suerte de pereza intelectual, y que esta tecnología sea, al final, más un obstáculo que una ayuda.

Como explica el periodista Luigi Gaudio, en un artículo publicado en “A tutta scuola”, un portal italiano de pedagogía, titulado “Inteligencia artificial en la escuela: ¿cómo cambia el papel de los docentes?”, el debate, sin embargo, está abierto: si algunos profesores temen que ChatGPT atrofie la capacidad de razonamiento, otros están dispuestos a reconocer las oportunidades que ofrece en el aprendizaje.

El estudiante en el centro

A pesar de los temores generalizados, la simulación de características humanas a través de laboratorios artificiales está entrando en las aulas. Los docentes pueden, entonces, elegir cómo posicionarse frente a esta nueva realidad. Existen ejemplos de actividades positivas y estimulantes.

Es importante, no obstante, que el centro de todo sea siempre el estudiante y su crecimiento personal. La inteligencia artificial obstaculiza el crecimiento humano y profesional cuando se convierte en un “atajo”, pero si favorece el desarrollo del talento del alumno, entonces ha cumplido su función más noble.

Ignorar la existencia de la inteligencia artificial, por otra parte, es una actitud anacrónica y poco fructífera, ya que el modo de vida de toda la sociedad y el mundo laboral están destinados a experimentar transformaciones y evoluciones cada vez mayores, cuya magnitud apenas comenzamos a intuir.

La posible contradicción

La inteligencia artificial es un producto de la inteligencia humana: sería una contradicción, un verdadero sinsentido, que el ser humano se volviera superfluo a causa de algo que él mismo creó para facilitar —y no inutilizar— su vida.

En conclusión

¿Cuál podría ser, entonces, la mejor actitud para acercarse a la inteligencia artificial? Podemos utilizar la imagen de una ola que viene a embestirnos con fuerza: depende de nosotros decidir si dejarnos arrastrar y sucumbir, o si canalizar esa fuerza, aprovechar su potencia y transformarla en energía a nuestro favor, como hacen los surfistas más hábiles.

Artículo publicado en el sitio web Family And Media el 9 febrero 2026.v

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 8 de marzo de 2026 No. 1600


 

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