Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

Cuando el rey David envejeció y ya no podía salir a la guerra, desde el balcón de su palacio contempló a una bella mujer, Betsabé, esposa de Urías, el hitita, uno de sus servidores que se hallaba luchando en la batalla. El rey mandó llamar a la mujer y se acostó con ella. Cuando ella le notificó su situación de embarazada, el rey quiso resolver el asunto con varias argucias, y logró que el jefe de sus tropas colocara a Urías en lo más duro de la batalla, que lo dejaran solo, para que muriera. Y así fue.

El rey pensó resolver el problema agravando su pecado de adulterio con otro mayor, el homicidio. No se dice en la Biblia que hubiera acudido a Dios, que hubiera rezado o entonado uno de los hermosos salmos que él había dedicado a Dios. El olvido de Dios era total. En este desbarrancadero de pecado en pecado, no sólo se oscureció su mente sino que se endureció su conciencia. Estaba de por medio su prestigio y su endurecimiento lo llevó hasta convertirse en un gobernante explotador del pobre y pervertidor de su pueblo.

David pensó haberse librado de Dios al silenciar su conciencia, pero Dios no lo abandonó. Le envió al profeta Natán, quien le refirió una pequeña historia, una parábola, la del ganadero rico y poderoso que, para prepararle un banquete a un huésped importante, despojó a un pobre trabajador de la única ovejita que tenía. Banquetearon el rico con el rico con la miseria del pobre.

Al escuchar este relato, dice la Biblia, “David se puso furioso y exclamó: “¡Por la vida de Dios! El que hizo esto debe morir”. El profeta Natán se limitó a decirle: “¡Ese hombre eres tú!”. La palabra de Dios fue capaz de despertar la conciencia dormida del pretendido juez para que reconociera su culpa, hiciera penitencia y, cumplido el castigo, obtuviera “la alegría de la salvación” de Dios.

La conciencia es el recinto más íntimo y profundo del corazón donde el hombre escucha, en la soledad, la voz de Dios que lo invita a hacer el bien y a evitar el mal. Pero esa voz divina tiene que ser escuchada y, gracias a ella, se esclarece y se educa la conciencia. Esa es la misión de la Palabra de Dios y, nuestro deber, escucharla. Si se oscurece la conciencia, la vida se cubre de tiniebla. La autoridad, antes de saberse juez, debe reconocer sus propios límites y su humana condición. Es, por naturaleza, una fuerza moral. La deformación de la conciencia conlleva el abuso del poder, sea político, económico o religioso. Sólo la conciencia bien formada puede servir de barrera al autoritarismo y a la corrupción.

La tarea pedagógica de Jesucristo consistió en educar la conciencia de la humanidad. En el Evangelio está la fuente de la verdadera libertad y el remedio contra el autoritarismo. Por ser la conciencia el recinto más íntimo del diálogo del hombre con Dios, necesita superar el subjetivismo y regirse por su relación exterior con la creación, con sus semejantes y respeto a Dios.

Invocar la propia conciencia sin esta triple referencia objetiva es correr un riesgo seguro de abuso de la autoridad. Hay quien llega a autoproclamarse conciencia del pueblo. Este riesgo también se corre cuando se apela —en vano— a Dios, o a la voz del pueblo como a un oráculo divino. Sería, en todo caso, evasión de la propia responsabilidad.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 1 de marzo de 2026 No. 1599

 


 

Por favor, síguenos y comparte: