Por P. Joaquín Antonio Peñalosa
Desde hace más de diez años, la literatura especializada de América Latina comprueba que cada vez son más numerosas las mujeres que pasan de la antigua y tranquila situación de amas de casa, a la nueva y difícil de jefas de hogar. Esta jefatura femenina, por la cual es la mujer la que lleva los pantalones en casa, muéstrase en dos formas.
Aquí está, en primer término, la doliente muchedumbre de madres con hijos, pero sin esposo. ¿Qué pasó con el jefe tradicional, su Majestad Pipino el Breve que reinó lo que dura un suspiro para abdicar el trono y dar marcha atrás, en presurosa reversa, hasta volverse ojo de hormiga? Acaso una aventura sentimental, un remedo de matrimonio, una paternidad irresponsable, un abandono inhumano, un divorcio, tal vez la muerte.
Ante la ausencia del jefe que puso pies en polvorosa, la mujer no duda ni un momento en ponerse la corona —de espinas— y enfrentar la triple misión de ser, a la vez, madre, padre y trabajadora; obligada, por lo mismo, a poseer el don de ubicuidad para estar dentro de casa y educar a los hijos, y estar fuera de casa y conseguirles pan. No es raro que, en tan comprometida situación, consiga el pan y descuide a los hijos, o eduque a los hijos y falte el pan.
Qué calvario y qué noche oscura para conseguir un empleo estable y justamente remunerado, sobre todo cuando la reina-madre-padre, de baja escolaridad, no tiene mayor preparación. De encontrar trabajo, después de vencer las mil y una dificultades, jure usted que su empleo será duro, mal retribuido y en alguna actividad típicamente femenina: afanadora, costurera, mesera, lavandera, vendedora ambulante, empleada doméstica, siempre en trance de ser explotada.
Aquí aparecen, en segundo lugar, las jefas económicas de casa. Tienen marido y viven con él, solo que el hombre es un vicioso o un flojo de tomo y lomo, de esos que nacen jubilados. Mientras el zángano parrandea y duerme largas siestas, la mujer-abeja fabrica la miel y construye el panal. Otras veces, las jefas económicas, con marido trabajador y responsable, se miran precisadas a trabajar también ellas, porque no basta el salario del esposo para solventar los gastos del hogar.
Suele suceder que los maridos de las jefas económicas, al verse fracasados en su papel de proveedores y regentes absolutos, tratan de reafirmar su autoridad con maltratos a la esposa, con violencia física y psicológica y con enfermizos celos infundados. En vez de agradecer, muerden la mano que les acarrea dinero.
Tal es el drama que se vive mucho más en la ciudad que en el campo, de estas heroicas mujeres que saben que, por un hijo, bien vale dejar a girones la vida entera.
Artículo publicado en El Sol de San Luis, 22 de febrero de 1992; El Sol de México, 12 de febrero de 1992. El autor, monseñor Joaquín Antonio Peñalosa fue ensayista, biógrafo, periodista, poeta y defensor de los niños.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 1 de marzo de 2026 No. 1599





