Por José Martín Goenaga
- Lake Placid, Nueva York. Allí, durante las Olimpiadas de Invierno, se dio un suceso que cambió los corazones de los estadounidenses. Antes había división, odio al propio país, sensación de derrota, malestar generalizado. La larga guerra en Vietnam, que terminó en 1975, había dejado demasiadas bajas y demasiado sufrimiento en el pueblo americano y el futuro se veía ennegrecido. Pero, como ocurre muchas veces en la historia de los países, fue un evento deportivo el que comenzó a unir de nuevo a la nación, a devolverle la esperanza que la mayoría habían ido perdiendo.
Un equipo de, nada más y nada menos, hockey sobre hielo, un deporte nada popular entre el gran público de aquella época pero que tenía su importancia en algunas universidades del país. Uno de estos lugares era Michigan, frontera con Canadá, donde el frío es el pan de cada día cada invierno y los lagos se congelan por doquier. Allí, en la universidad del mismo nombre, entrenaba un reconocido técnico llamada Herb Brooks, más temido que amado, pero con una gran autoridad dentro del deporte colegial.
Brooks fue el encargado de seleccionar y preparar al equipo de hockey sobre hielo para las Olimpiadas de Invierno, donde solamente jugadores amateurs eran invitados a participar. Así las cosas, el entrenador decidió llevar a cabo un duro proceso para finalmente elegir a aquellos que él creía mejor preparados para la gran ocasión. Y, con el equipo listo, su cometido fue llevarlos a tener opciones de realizar algo memorable en aquellos Juegos de Invierno que se competían en suelo americano.
Pero había un problema: la URSS. En el equipo soviético eran todos profesionales mientras que el de los Estados Unidos estaba conformado por puros amateurs. El equipo soviético era considerado el mejor equipo del mundo. No solo no perdía partidos, sino que arrasaba con todo aquel que se interponía en su camino. Solo decir que previo a las Olimpiadas, ambos equipos (USA e Unión Soviética) se enfrentaron en un amistoso en el Madison Square Garden de Nueva York y el resultado fue de 10 a 3 (no hace falta decir quién ganó). El futuro próximo se preveía complicado, por decir algo.
Ahora bien, llegó el comienzo de aquella competición internacional en Lake Placid y algo comenzó a cambiar. El muy exigente entrenamiento llevado a cabo por el técnico Brooks empezó a dar sus frutos, lo cual generó una ola de aficionados de todo el país que veían en ese equipo la esperanza de una nación deshecha, pero con fuerzas para seguir adelante. Además, la Guerra Fría entre los Estados Unidos y la URSS dictaba el orden mundial y un posible enfrentamiento durante los Juegos se veía como un auténtico pulso político entre comunistas y capitalistas.
El resto es historia del deporte y se los dejó para que lo disfruten. Nada más decir que fue allí, en esa competición de 1980, en Lake Placid, donde por vez primera se empezó a corear el ya muy conocido: U-S-A, U-S-A.
Si hay que poner algún “pero”al documental, sería quizá el triunfalismo americano que muchas veces brilla por su presencia y que a los más reservados y pudorosos nos puede echar un poco para atrás; pero la producción lo compensa con creces al narrar las relaciones familiares de los jugadores y lo importante que fueron para ellos. Toda una escuela de amor a los padres y a la familia. Muy recomendable.
Ficha técnica
- Título Original: Miracle: The Boys of ‘80
- Dirección: Max Gershberg, Jacob Rogal
- País: Estados Unidos
- Año: 2026
- Duración: 100 min.
- Género: Documental
Artículo publicado originalmente en cinemanet.info
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 1 de marzo de 2026 No. 1599





