Por P. Eduardo Hayen Cuarón
Hace muchos años, cuando estudiaba en Roma, escuché la historia en torno a una dura decisión que tomó un obispo italiano de negar la ordenación sacerdotal a un candidato al sacerdocio. La razón fue que durante más de ocho años en que el muchacho estuvo en el Seminario, nunca acudió al sacramento de la Confesión. El obispo tenía una razón de peso para negar las Órdenes sagradas: un sacerdote que no tenía aprecio por tener la experiencia de recibir la misericordia de Dios, no estaría en condiciones de ofrecerla a sus feligreses.
El obispo sabía que ese candidato al sacerdocio, por nunca haberse confesado, tendría una vocación muy quebradiza e inconsistente. Sin la experiencia de haber sido perdonado durante sus años de formación en el Seminario, ya siendo sacerdote, fácilmente podría acostumbrarse a una doble vida moral, lo que también derivaría en un eventual escándalo para los fieles de su parroquia. El aprecio del sacerdote por confesar él mismo sus pecados, con frecuencia, fortalece su propia vocación como ministro del Señor.
Los sacerdotes hemos de tener profundo respeto, amor y reverencia por el sacramento del perdón. A veces los fieles nos dicen frases como las siguientes: «padre, le voy a contar un secreto que a nadie le he dicho en mi vida»; «he guardado durante más de cincuenta años un pecado que no me he atrevido a confesar y ahora lo voy a decir»; «ya no puedo con esto que hice y siento que me está quemando el alma». La experiencia de conocer lo íntimo del corazón de otra persona tiene que hacer que el sacerdote, como Moisés delante de la zarza que ardía sin consumirse, se quite las sandalias: lo que pisa es tierra sagrada.
Debo confesar que, como sacerdote, no siempre he tenido toda la disponibilidad para escuchar confesiones. Antes yo pensaba que éstas debían de ser exclusivamente en el espacio sacro del templo, lo cual es lo idóneo. Recuerdo que en una ocasión, hace muchos años, me detuvo un angustiado joven en la calle que quería confesarse. Cometí el pecado de hacerle saber los horarios y decirle que se sujetara a ellos. Luego me arrepentí de mi falta. Hoy estoy abierto a escuchar la confesión de cualquier fiel sin importar si es en la calle, en un aeropuerto o en una tienda de comercio, y en el momento en que me lo pida. A lo largo de la vida sacerdotal uno va madurando y apreciando las maravillas de este sacramento.
Como penitente he tenido experiencias agradables y, alguna que otra vez, no tanto. Es fundamental la calidez con que te recibe el sacerdote en el confesionario. Nunca voy a olvidar algunas confesiones que, literalmente, marcaron mi vida gracias a la amabilidad exquisita del ministro de Dios y a su prudencia en el momento de juzgar mis pecados. Sobre todo he apreciado mucho la capacidad sacerdotal de aconsejar, de levantar el ánimo y de transmitir esperanza. En otras ocasiones, –mínimas por cierto–, la rigidez, la frialdad o algunas preguntas innecesarias me hicieron sentir un poco incómodo.
Hay penitentes que llegan al confesionario con cierta angustia ante la experiencia de decir los pecados. Algunos no se acercan por miedo a un juicio severo. Otros dicen que están muy nerviosos. Ante todas estas eventuales emociones es sumamente reconfortante encontrar a un confesor sereno, tranquilo y que hasta recibe a las personas con una sonrisa y palabras de buen humor; un confesor que refleja profunda paz interior y que nunca arqueará las cejas ni exclamará un «Dios mío» a los pecados que escucha, sino que permanece siempre imperturbable, como reflejando el corazón de ese Padre misericordioso que conoce el barro del que estamos hechos.
Lo más importante de sentarse a confesar es tener en mente que los penitentes que acudan a uno esperan un encuentro con la infinita misericordia de Dios. Ellos aguardan que el Señor, que no nos trata según nuestros delitos ni nos paga según nuestras maldades (Sal 103), se manifieste a ellos para levantarlos de sus miserias. Personalmente me gusta sentarme a confesar con la Sagrada Escritura en mano y procurar iluminar la conciencia de los fieles con la luz de la Palabra divina, ya sea para mostrar, con algún texto, la abundancia del amor de Dios en su encuentro con el pecador, o ya sea para ayudar al penitente a superar su falta.
Los sacerdotes podemos hacer mucho daño a los penitentes cuando les regañamos. Al confesionario todos vamos vulnerables y una palabra hiriente, o un exabrupto del confesor puede hacer que la persona no vuelva más al sacramento. Pero también podemos causar graves perjuicios cuando, por querer sobreproteger, no descubrimos la verdad del pecado. Ayudar a reconocer el pecado no es recriminar o regañar a la persona, sino hacerle ver con sereno realismo el mal cometido para que reciba el perdón divino y evite su condenación eterna. Así que buena regla para el confesor es «no reprochar, no sobreproteger» sino animar a los fieles, mostrándoles el inmenso amor que Dios les tiene, para que puedan tener pequeños cambios y mejoras en sus vidas.
Dios nos conceda a los sacerdotes que nunca nos cansemos de escuchar confesiones y que podamos ofrecer generosos horarios para que los fieles acudan al sacramento. Llevar a las personas al encuentro con Cristo y ponerlas en contacto con el perdón divino es la razón de nuestro ser sacerdotal.





