Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.
Las personas tenemos una sed innata de infinito que a veces queremos saciar con las finitudes del poder, del placer, del éxito. Se vive la saciedad momentánea que deja un vacío que no se puede colmar.
Anhelamos la verdad absoluta, -sobre mentiras, sofismas y confusiones; anhelamos el bien pleno en todas las dimensiones y eterno, -no los bienes pasajeros, que, aunque sean muchos, no satisfacen; anhelamos la belleza sin límites de la cual tenemos alguna satisfacción estética momentánea,- más allá de ruidos comerciales que se llama música o de adefesios de pintura o escultura.
Esa sed de infinito manifiesta un deseo natural y, como dice Santo Tomás, su objeto no puede ser vano.
Qué razón tenía san Agustín, cuando en ‘Las Confesiones’ nos dice ‘nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón estará inquieto hasta no descansar en ti’ (Libro I, capítulo 1).
Será absurdo pensar como el ateo, ‘no más cielo, ni más infierno: ya nada más que tierra’. Es simplemente una evasión ilusa.
Solo el Dios infinito, Verdad suprema, Bien absoluto y Belleza sin fin, nos podrá colmar del todo, de modo que en nuestro interior se puede alojar el Señor que también tiene sed de nosotros, porque su infinitud de perfecciones anhela colmarnos con su mar de amor y con su cielo de ternura.
El pasaje del encuentro de Jesús con la Samaritana (cf Jn 4, 5-42) nos ubica en esta problemática existencial, tan antigua, tan moderna y tan humana.
Al respecto san Agustín escribe: ‘Si conocieras del don de Dios’ (Jn 4, 10). La maravilla de la oración se revela precisamente allí, junto al pozo donde vamos a buscar nuestra agua; allí Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y que nos pide de beber. Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración, sepámoslo o no, es un encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él’ (De diversis quaestionibus octoginta tribus 64,4; Cat Ig Cat 2560).
Una vez que el Señor conquista nuestro corazón transforma la existencia, como a la Samaritana.
No olvidemos que en todo ser humano existe un deseo innato de Dios y de salvación que solo Jesús puede colmar.
Deseamos ardientemente ser felices; ‘solo Dios basta, quien a Dios tiene, nada le falta’ (Terea de Jesús).
El problema estriba en la falta de experimentar ‘cuán dulce y bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él’ (Sal 34, 9). De saborear a Jesús en el silencio de la oración a través de su Evangelio.
Es el Espíritu Santo en comunión con la Iglesia que nos lleve a gustar nuestra adhesión vital a Jesús, en una alianza de comunión.
Con san Pablo recordemos ‘La esperanza no defrauda, porque Dios ha infundido su amor en nuestros corazones por medio el Espíritu Santol, que él mismo nos ha dado’(Rom 5, 1-2.5-8).
El don de Dios, es Dios mismo como regalo para nosotros. La persona don es el Espíritu Santo que actúa en nosotros como manantial que brota hasta la vida eterna.
Para ello es necesario el encuentro y el diálogo amoroso con el Señor Jesús, en la oración profunda y constante.





