Por Rebeca Reynaud

Sabemos que estamos en guerra con el diablo y los ángeles caídos. A medida que maduramos en la vida espiritual adquirimos una mayor conciencia de los diferentes ataques de los espíritus malignos. Es un consuelo saber que siempre estamos bajo la protección de nuestro ángel custodio que nunca nos abandona, aun cuando desagradamos a Dios por algo. ¡Qué dulce es esta verdad para el alma creyente!

San Josemaría Escrivá contaba con la ayuda de los ángeles de la guarda para todos sus apostolados; tuvo por ellos una devoción muy intensa y así lo enseñó a sus hijos espirituales. Acudía a su ángel tanto en las necesidades materiales como espirituales. Cuando saludaba al Señor en el sagrario, agradecía a los ángeles allí presentes, la adoración que prestan continuamente a Dios. Adquirió el hábito de saludar siempre al ángel custodio de las personas con que se encontraba.

A lo largo de la vida del Padre Pío de Pietrelcina, su ángel fue como una extensión de su ministerio personal cuando no podía ayudar físicamente a alguien. Padre Pío le llamada «mi compañero celestial, protector y amigo». A su amigo Benedetto le mandó a su ángel de la guarda a consolarlo. Padre Pío descubrió que podía tener una relación personal con su ángel, lo que dio mucho fruto. En una carta a su hija espiritual, Rafaelina, le dice:

«Debes saber que este buen ángel ora por ti: le ofrece a Dios todas las buenas obras que realizas, así como tus santos deseos. En las horas en que pareces estar sola y abandonada, no te quejes por no tener un compañero de alma a quien puedas abrir tu corazón y confiar tus penas: por el amor de Dios no olvides a este compañero invisible que siempre está presente para escucharte y siempre está dispuesto a consolarte».

¡Si todos los hombres supieran cómo entender y apreciar este gran regalo que Dios, en el exceso de su amor por los hombres, nos ha asignado a este espíritu celestial! Recuerda su presencia con frecuencia: debes fijar la mirada de tu mente en él. Agradécele, ora a él. Es tan bien educado, tan discreto: respétalo. Ten presente un temor continuo de ofender la pureza de su mirada (cfr. Epistolario II, Carta 64, 403s).

Evitamos asignar nombres propios a nuestros ángeles por obediencia: “Hay que rechazar el uso de dar a los Ángeles nombres particulares, excepto Miguel Gabriel y Rafael, que aparecen en la Escritura” (Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Directorio sobre la piedad popular y la Liturgia. Principios y Orientaciones, Cd. del Vaticano 2001, núm. 217).

 
Imagen de Pete Linforth en Pixabay


 

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